Por: Alvaro Forero Tascón

El estilo de Santos

No ha sido fácil para el país descifrar el estilo de gobernar del presidente Juan Manuel Santos.

Se dice que hay un cambio de estilo frente a Álvaro Uribe, pero no se le ha podido poner nombre a ese cambio. Así como el estilo de Uribe era fácil de describir, es difícil el de Santos, porque así como el pensamiento político y la personalidad política de Uribe son sencillos, los de Santos son complejos.

Uribe se parece enormemente a los colombianos, en sus cualidades y en sus defectos. Por el contrario, la manera de ser de Santos, que podría ser aplaudida en otras latitudes por moderada, es poco común en Colombia. Se asocia con las buenas maneras bogotanas, de las que el país desconfía por considerarlas “melifluas” e hipócritas. Eso hace que las habilidades de frío estratega del presidente despierten más desazón que sosiego.

Los dos elementos más visibles del liderazgo —la visión y el ejemplo— son confusos en Santos. A un año de gobierno, aún no está clara cuál es su visión, básicamente porque salió elegido con ideas prestadas, las de Uribe, y está gobernando con una agenda liberal, que supuestamente no es su partido político. Es claro que la visión de Santos es modernizadora, reformista, de Tercera Vía, pero los colombianos no comprenden el concepto y el presidente no lo explica. Rara vez se refiere a él, a pesar de que lo aplica al pie de la letra, no sólo por convicción ideológica sino por temperamento político. Quizás evade usar el término para no enojar más a los uribistas, o porque suena poco firme y se tiende a creer que la favorabilidad en las encuestas depende de la percepción de firmeza. Santos comparte el punto de vista de Ronald Heifetz, el gran gurú norteamericano del liderazgo público que lo ha asesorado (está hoy en Bogotá), quien sostiene que los líderes trabajan hoy con ideas ajenas, porque la clave de las transformaciones está en la implementación, en sortear con pericia los obstáculos propios del cambio.

Y en relación con el ejemplo pasa lo mismo. Santos es un uribista que ofreció defender el legado de Uribe pero ha desmontado buena parte de él, que anhela pasar a la historia como traidor de su clase. El país no tiene claro aún cuáles son los valores que alimentan las acciones del presidente.

Pero aunque las diferencias de Santos con Uribe parezcan de estilo, son de fondo. Corresponden a una concepción profundamente distinta del Estado y la sociedad, mucho más modernizante y democrática la de Santos, no sólo en los objetivos sino en los métodos. Dejar descontentos a la derecha y la izquierda es casi un propósito en la Tercera Vía, y hasta ahora Santos lo ha logrado. Falta ver si con el paso de los meses el presidente se preocupará por precisar su visión, o si dejará que las acciones sigan hablando, y desconcertando, por sí mismas. Hasta ahora las encuestas muestran que, a pesar de la confusión, los colombianos están satisfechos con los resultados. Es posible que, como Heifetz, Santos no crea en las grandes visiones, imposibles de realizar, sino en secuenciar los cambios para hacerlos asimilables y así preservar el poder de la sorpresa, el arma secreta con la que ha desconcertado y acertado, y que lo ha convertido en el presidente más poderoso en muchas décadas.

 

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