Por: Eduardo Barajas Sandoval

El estratega de la otra orilla

Se ha ido, a ocupar su lugar en la leyenda, el hombre que fue capaz de derrotar en el escenario de su patria, en menos de tres décadas, a tres de los imperios más grandes del mundo contemporáneo.

No había recibido entrenamiento militar, porque se preparó como abogado y profesor de historia, pero guardó en su memoria las enseñanzas de Sun Tzu, Napoleón y Lawrence de Arabia, además de inventarse sus propias teorías sobre la guerra. Y las pudo poner en práctica antes de escribir sus libros y morirse de viejo a los ciento dos años, después de la desaparición de todos sus amigos y sus adversarios.

No es usual que los guerreros occidentales expresen interés o respeto por quienes hayan brillado en escenarios lejanos, y mucho menos por quienes les hayan derrotado. Pero casi todos han tenido que reconocer que Vo Nguyen Giap fue uno de los grandes estrategas del Siglo XX. Así William C. Westmoreland, alguna vez comandante de las fuerzas estadounidenses en Vietnam, haya tratado de aplicar en su contra la distinción entre adversario formidable y auténtico genio militar, debido a la reconocida indolencia de Giap en cuanto al costo de vidas humanas que pueda traer una guerra.

Es cierto que Giap, además de haber perdido a lo largo de sus campañas cientos de vidas de sus propias filas, hizo siempre con toda franqueza cuentas tremendas sobre el precio que puede costar en bajas una guerra por la patria. Pero no es menos cierto que en reiteradas ocasiones demostró que podía derrotar a fuerzas por definición más poderosas que las suyas. Las primeras fueron las de los invasores japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Luego fueron las del poder colonial francés, a las que golpeó hasta la rendición en la histórica batalla de Dien Bien Phú, que marcó de una vez la salida de los franceses del sudeste asiático. Finalmente vendría la guerra sangrienta, y también victoriosa, contra los Estados Unidos.

Gracias a que no pasó el examen para ejercer el derecho administrativo, se pudo dedicar a cosas más creativas políticamente y por ese camino encontró los escenarios precisos para su accionar, con fundamento en sus estudios y en una capacidad desmesurada para entender el alma de su pueblo y también la del enemigo. Porque una de las cosas que mejor supo hacer fue llevar, a través de la prensa internacional, imágenes de la barbarie que tenía que sufrir, y de la que era capaz de producir, primero a los hogares de los franceses y más tarde a los de los estadounidenses, así como a los medios intelectuales de una y otra potencia, para convencer a millones de ciudadanos de la urgencia de detener la carnicería que sus tropas producían y también padecían en tierra ajena.

El entrenamiento militar le vino por añadidura. Gracias a un período que pasó como exiliado en China, donde siguió juiciosamente la carrera del Presidente Mao, aprendió sobre las guerras campesinas. Posteriormente, los Estados Unidos, que en los afanes de la Segunda Guerra Mundial dieron asistencia militar al recién creado Viet Minh, para combatir a los japoneses, bajo el comando del joven Giap, y le enseñaron el uso de armas de artilleria ligera que después usó contra los franceses. Sin saber, claro está, que más tarde el pequeño estratega estaría en la otra orilla y sería el verdugo de los propios norteamericanos, como lo demostró, con ayuda del destino, la vergonzosa huida de Saigón en 1975, con los helicópteros cayendo al agua o elevándose en desbandada con el aditamento de racimos humanos.

Además de las lecciones de estrategia militar, paciencia y persistencia en el uso de recursos limitados para ganar los cientos de pequeñas batallas necesarias para vencer en una guerra, Giap deja para su país una importante herencia de acción política a lo largo de su vida. Todo comenzó cuando tuvo que ejercer el poder en las épocas tempranas del  proceso de Vietnam del Norte, en ausencia de Ho Chi Mihn, que se encontraba en Francia, período en el cual apeló sin contemplaciones a la brutalidad para mantener el nuevo orden. Y continuó después de las guerras, con el ejercicio de la prudencia y la búsqueda de la modernización del Estado, desde la serenidad de la edad madura, sobre la base de la premisa de no repetir los errores propios y mucho menos los de los demás. También dejó una  gran lección para el mundo, que fue, y es, la de que los imperios no son invencibles.

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