Por: Enrique Aparicio

El estudiante pobre

En París, como estudiante hay que ser pobre y sentirse pobre. Es la condición para poder disfrutarlo o para salir corriendo.

He tenido la oportunidad de visitar esta ciudad en varias ocasiones, inclusive vivir en ella como estudiante. Me la conozco a lo largo y ancho. En esa época todos, sin excepción, buscábamos trabajos esporádicos para tener un dinero extra, lo que nos llevaba a terminar en situaciones muy peculiares. Por ejemplo un amigo qué sabía que estaba buscando empleo me sugirió un sitio, sin aclararme demasiado el tema.

El hotelucho quedaba en el boulevard de Port Royal. Llegué con el ánimo de quien está dispuesto a fajarse y ganarse una plata decente. La dueña, que de ahora en adelante llamaremos la patrona, como en los contratos, me recibió con voz autoritaria y comenzó a hacerme preguntas tales como si yo sabía tender bien una cama y otros detalles que no me acuerdo. A todo le respondí que era experto.

Me indicó que subiéramos al cuarto piso, sólo había escaleras y, según ella, 4 “suites” -cuarticos mínimos- del 41 al 44. Observó cómo tendía la cama y me corrigió para que quedara bien según las normas: Muy bien estiraditas las sábanas y las fundas de las almohadas sin una arruga, impecables. Luego me explicó cuál sería mi trabajo. Para hacer corto el cuento, las “suites” del 4 piso estaban destinadas a parejas que querían hacer tiki-tiki entre las 12 y las 4 pm. Yo me encargaría de cambiar las sábanas y fundas, dejar la ventana abierta para que entrara aire y revisar el baño. Aclaró que lo de la ventana era para evitar que oliera sexo. Me repitió exageradamente que no se me olvidara dejarla abierta.

Listo cerca a la recepción, en un asiento que se rompería en algún momento, me preparé para mis primeras horas de trabajo con la consciencia de que plata es plata.

- Bueno joven, los de la 41 salen ya, sólo fue media hora. La siguiente llega en unos 15 minutos. ¿Lleva todo?, Sábanas, fundas, cepillito para el baño en caso de cualquier cosa. Un día una pareja me dejó en el espejo un letrero “je t’aime”. Sinvergüenzas, la gente no tiene conciencia de lo que hay que trabajar.
Usaba tenis – algún presentimiento-. Apenas bajaron los de la 41, salté con agilidad felina y subí los 4 pisos en un volar. Tendí la cama, sábanas bien, bien estiraditas, fundas en las almohadas como si nadie hubiera puesto una cabeza hacía días. Viendo que los minutos pasaban, bajé los escalones de 2 en 2. Miré el reloj. Perfecto, a tiempo.

-Joven, ¿la ventanita?

Hice cara de olvido

-Ustedes los jóvenes de hoy en día, no oyen, no oyen. La mayoría de las parejas, cuando entran cierran la ventanita – explicación soporte- y usted debe abrirla de nuevo. Se lo advertí.

Nuevamente como un gato salvaje, escalé los 4 pisos. Miraba el reloj. Me quedaban 5 minutos. En efecto, estaba cerrada. La abrí y casi me mato al bajar, pero la pareja que estaba pagando por adelantado, ni oyó el jadeo mío.

Me senté nuevamente, a buscar un poco de aire.

- Joven los de la 44 salen ya. Acuérdese de llevar y me repitió: sábanas, fundas, cepillito y no se olvide de la ventanita.

Remonté los 4 pisos como gato cansado. Tendí cama, fundas, revisé baño. Me quedaban 6 minutos exactos. Estaba en el tiempo. “Todo listo patrona,” le dije triunfalmente.

-¿Y la ventanita?

Dios mío, será que me está fallando la memoria. Subí casi gateando del cansancio, pero eso sí, rápido. En efecto, estaba cerrada. Quedaban como 3 minutos. A lo Tarzán empecé a dar saltos grandes para bajar antes que la pareja llegara.

El trabajo duró por dos semanas. En las noches soñaba que estaba en un callejón oscuro y que una pareja me perseguía y yo corría como loco. Entendí que si quería seguir en el puesto sería de la mano de un psiquiatra y como no había plata para psiquiatra me fui a donde la patrona y renuncié.

Muchos estudiantes la pasaron igual que yo. Una vez acostumbrados a las vicisitudes de esta bella ciudad y si todavía no ha pensado en salir corriendo, curiosamente le mostrará su mejor cara, pero primero hay que ganarse a París. La ciudad quiebra la arrogancia, a veces te dan ganas de llorar. Vi gente que se partió psicológicamente y lo único que quería era volver a casita, al nido familiar.

La ciudad, como todos sabemos, abruma con sus calles, pequeñas avenidas, su cultura, sus barrios bohemios, pero antes, para aprovechar todo esto, debe tener la humildad de un estudiante pobre que quiere aprender. Y así podrá entenderla. Entonces se sentará un domingo de primavera cerca al Sena con una botella de vino barato y un pedazo de pan. Ya se le habrá quitado la necesidad de mandar postales y cartas insulsas “Ay, miren, estoy en París”. Sólo querrá aprovechar el momento para querer a París sin decírselo a nadie. Un amor secreto que nunca olvidará.

Hace poco estuve en la Ciudad Luz para un proyecto muy interesante y puse unas fotos en formato youtube sin pretensiones, de sitios, lugares comunes. El material es de mi señora y mío.

https://youtu.be/vLQuFYPL--8
Que tengan un domingo amable.
Enrique Aparicio Smith – Abril 2015

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Enrique Aparicio

Un viaje a nuestro interior

El cuadro de la marquesa

Entre la violencia y el miedo: Erik el Rojo

Irlanda 1 – Iglesia 0

Cézanne y la pintura al aire libre