Por: Ricardo Bada

El euro es medio canguro

No se trata de ningún chiste. El euro es una especie de marsupial, medio canguro; si no me creen consulténselo a Miss Hortensia Google, programando en la ventanita de búsqueda “Wallaroo (Euro)”.

Fue por los días en que nos dijeron que nuestra próxima moneda iba a ser el euro, que nos olvidásemos de los marcos, los francos y las pesetas, los florines, las coronas y las liras

Creo que todos nos alegramos de que por fin podríamos salir de viaje no sólo sin tener que detenernos en las fronteras (ya corría el acuerdo de Schengen), sino ni siquiera tener que andar cambiando dinero a cada nuevo país europeo que llegásemos. Escribí en mi diario que comparado con eso, la Revolución Francesa no fue nada más que una escaramuza.

Pero un suelto en el semanario Die Zeit me llamó la atención acerca de la existencia de un euro que no era fiduciario sino semoviente, y acudí a la biblioteca de la emisora donde entonces me desempeñaba, y me abismé en el tomo correspondiente de la Enciclopedia Australiana.

Efectivamente, el euro es como se llama, en ciertas regiones del 5° Continente, a una especie marsupial cuyo nombre zoológico es el de Macropus robustus erubescens. Y el gacetillero de Die Zeit tenía razón: la hembra del euro animal puede llegar a albergar en su bolsa un máximo de quince cachorros, exactamente el número de miembros que tenía la Unión Europea cuando se adoptó la decisión de crear el euro moneda.

Ahora bien; a pesar de sus evidentes ventajas, en lo que sí convine con muchos críticos del euro es en la falta de fantasía demostrada por sus creadores para bautizarlo. Pero recapacitándolo más tarde, me dije que era la misma falta de fantasía demostrada al llamar Premio Carlomagno a la máxima distinción civil que se concede en esa misma Unión Europea.

Cualquiera que se tome la molestia de leer una sucinta biografía de Carlomagno (incluso la que figura en la Enciclopedia Larousse, que es francesa, y por lo tanto nada sospechosa de tirar piedras contra el propio tejado), se dará cuenta de que el tal Carlomagno, de acuerdo con los criterios de nuestro tiempo, estaría hoy esperando juicio –o eventualmente ya condenado– en las celdas del Tribunal Internacional de La Haya contra los crímenes de guerra.

Muchos siglos antes que Milosevic, ya Carlomagno practicaba la limpieza étnica. Pero esto es poco o nada comparado con la imbecilidad y/o la paradoja de colocar la más alta distinción europea bajo el patrocinio simbólico de un monarca que en su testamento, después de haber unificado Europa a sangre y a fuego, la dividió en tantos reinos como hijos tenía. ¿Les queda claro lo que pienso de un Premio Carlomagno europeo con semejante patrón?

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