Por: Adolfo Meisel Roca

El euro: ¿más indulgencias griegas?

El riesgo de que en los próximos meses el Gobierno griego tenga que suspender el pago de su deuda es elevado.

En lo que resta del año, Grecia tendrá que pagar 19.022 millones de euros sólo en el capital de su deuda pública. Lo más grave de todo es que, si Grecia suspende los pagos, los inversionistas se fijarán a continuación, generando presión, en el resto de los llamados PIIGS: Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España (por su nombre en inglés).

El debate sobre el camino a seguir por parte de las autoridades económicas de la Unión Europa es intenso. La semana pasada, el economista jefe del Banco Central Europeo, el alemán Jürgen Stark, renunció indignado por la orientación que la institución está tomando sobre la compra de deuda italiana y española. Ángela Merkel, la canciller alemana, se mantiene firme en que el rescate de Grecia no está asegurado y que las autoridades de ese país tienen que hacer mucho más para arreglar su desastre fiscal antes de que los actores económicos principales de la Unión se decidan a asumir una parte aún mayor del costo directo del rescate.

Hace 18 años, en un seminario en el Instituto de Economía Mundial de la Universidad de Kiel, Alemania, sobre las bases económicas de la Unión Europa, el destacado economista noruego Víctor D. Norman señaló que, más allá de todos los aspectos técnicos sobre las uniones monetarias y los modelos matemáticos sobre las ventajas de la integración económica, el tema realmente de fondo para el futuro de la Unión Europea era el cultural. Esto fue algo sorpresivo. Después de una semana de largas exposiciones matemáticas y gráficas sobre el tema, Norman explicó que lo que más le preocupaba a la gente de los países nórdicos era si ellos iban a poder convivir en un arreglo económico institucional con unos países mediterráneos con los cuales tenían profundas diferencias culturales. Con gran honestidad agregó que la mayoría de los noruegos veían esa posibilidad con profunda desconfianza. Esas reflexiones finales no coincidían con la naturaleza rigurosamente económica del seminario que se acababa de dictar. En estos días de la crisis inminente de Grecia he vuelto a recordar las sabias palabras de Norman. Ese es el fondo del debate actual: ¿Quieren los alemanes pagar las indulgencias a las que aspiran los griegos para poder mitigar el castigo por haberse subido los sueldos por encima de sus aumentos de productividad, por gastar más de lo que ganaban, por haberse ido de juerga con el Baloto que pensaron que era el euro?

Claramente los contribuyentes alemanes, como el monje Martín Lutero hace 500 años, no creen en las indulgencias. Pero el actual dilema alemán, y de Europa del Norte, es más complejo que el de Lutero. Ante lo que él percibía como la laxitud moral del papado italiano, no hablo de Berlusconi, Lutero podía proponer un camino individual para la salvación sin mediación directa de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Pero la canciller Merkel no la tiene así de clara, pues para la salvación económica de Europa cuenta la suerte de los vecinos. Es allí donde está el difícil dilema que enfrenta la austera alemana al mando del barco europeo. La suya no será, en últimas, una decisión moral, sino de realpolitik.

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