Por: Yolanda Ruiz

El evangelio según Francisco

En un país cargado con frecuencia de mala vibra no es usual tener un tsunami de buena energía como el que generó la visita del papa Francisco. Aunque cada uno ha sacado la frase que conviene a su orilla ideológica, el papa es ante todo un humanista que nos habla a todos y que le trajo aire fresco a una Iglesia anquilosada llena de escándalos de corrupción, pederastia y todo tipo de pecados. Ese Francisco, que anunció desde el momento en que escogió su nombre cuál sería la marca de su pontificado, genera impacto con la decisión sencilla de volver a la esencia de los evangelios.

En Colombia lo vimos hablar y actuar acorde con ese mensaje primario de Jesús que se resume en una palabra: amor. Como lo usual para la iglesia, y para la mayoría de los líderes políticos, es decir una cosa y hacer otra, sorprende un hombre coherente que dice, predica y aplica en el mismo sentido. Durante siglos hemos visto a los patriarcas de la Iglesia hablar de pobreza desde sus púlpitos de oro: enfundados en elegantes vestidos nos contaban que Jesús nació en un pesebre para hacerse pobre entre los pobres. Cuando Francisco deja de lado el palacio de los papas, se queda con su cruz de hierro y rechaza la de oro, camina con zapatos gastados y no los rojos hechos a la medida, nos dice de entrada: es diciendo y haciendo. Y no es pose porque su historia lo muestra así desde siempre: un sacerdote de a pie, cercano a la gente, que en su momento le generó dudas a la izquierda y a la derecha porque su evangelio no tiene bandera partidista, pero sí compromiso con el ser humano. Por eso confunde y hasta los jesuitas dudaron cuando el cónclave lo proclamó papa. ¿Será que si representa los valores de la compañía de Jesús? Se preguntaron muchos.

El evangelio según Francisco fue lo que vimos: ternura, tiempo, sonrisas, bendiciones para los pobres, los discriminados, los marginados. Habló de una paz de hoy concreta imperfecta y batallada por años y de una paz que va más allá de esta coyuntura extrema que en Colombia le ha cambiado el sentido profundo a esa palabra. Habló de reconciliación, verdad y justicia. Preguntó por los desaparecidos, por los niños reclutados y las mujeres abusadas. El evangelio según Francisco se parece mucho a lo que, según nos cuentan, predicaba Jesús: perdonar, buscar al otro, no apegarnos a las normas si eso riñe con el amor al prójimo. Por eso recordó que la Iglesia no es una aduana y que debe ser de puertas abiertas (quien quiera entender que entienda). Habló de bondad y de cómo el dinero es un riesgo permanente; se acercó a los niños, a los enfermos, a las víctimas. Les habló a los pastores de la iglesia y les pidió dejar su zona de confort.

Francisco, líder espiritual y político, en el sentido grande de esa palabra que poco conocemos por aquí, tiene muchos pendientes, por supuesto: las mujeres, por ejemplo, siguen siendo grandes excluidas en el mundo católico y falta mayor castigo a los que permitieron y taparon la pederastia. Muchos retos inmensos, pero todo proceso comienza por un primer paso y ese camino que ha abierto Francisco con su coherencia le da una pequeña luz a una Iglesia que perdió hace tiempo el norte del evangelio que proclama y por eso nos ha perdido a tantos en el camino. El evangelio según Francisco nos recuerda a quienes tenemos fe que el asunto no es de labios para afuera y que si queremos cambiar el mundo, primero debemos cambiar por dentro. No es señalar a los otros. Lo fácil es juzgar, lo difícil es amar, perdonar, actuar. Lo curioso es que sea un hombre de 80 años el que cautiva a muchos jóvenes y a las redes sociales y lo hace hablando de una historia que ya tiene más de 2.000 años. ¿Habrá todavía espacio para el mensaje del amor o todo es un espejismo que solo sirve para una selfi?

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