Por: Humberto de la Calle

El extraño voto de Venezuela

EL CONSEJO DE DERECHOS HUMAnos de Naciones Unidas acaba de aprobar una resolución en la cual condena la difamación contra las religiones. La iniciativa fue promovida sustancialmente por las teocracias islámicas, aquellas que han convertido el Corán en la guía central de su devenir político.

La resolución es un grave retroceso. En efecto, la libertad de cultos merece protección constitucional, la cual implica impedir la discriminación por razones religiosas. Pero la resolución no se limita a eso, sino que va dirigida a menoscabar la libertad de expresión. La promoción del odio religioso debe ser proscrita, pero ello no puede significar que cualquier manifestación crítica de las creencias religiosas sea tenida como una ofensa. Como dijo el famoso juez Holmes, “La libertad de pensamiento no es para los que piensan como uno, sino para aquel pensamiento que nosotros odiamos”. Además, desde la misma Declaración Universal de 1948 se ha entendido la libertad de expresión como una protección del individuo, no de las religiones. La resolución omite estas precisiones y termina borrando fronteras conceptuales que se suponían decantadas. El islam merece respeto, como las demás religiones, pero so pretexto de ese respeto no se puede censurar a los medios que, en uso de su libertad, critican las creencias no sólo del islam, sino de cualquiera otra religión.

Más de 200 organizaciones civiles han rechazado la decisión, incluyendo musulmanes, cristianos, judíos, laicos y ateos. Su vocero, Roy Brown, sostiene que, contra el deseo de la resolución, en vez de amainar, va a acrecentar el odio contra determinadas confesiones religiosas. En verdad, agregamos, se olvida que la raíz de la libertad religiosa es la libertad de expresión.

La resolución fue aprobada por una mayoría de 23 países, casi todos islámicos. El bloque occidental fue derrotado y hubo un significativo grupo de abstenciones. Lo curioso es que dentro del trío de los países promotores de la iniciativa, al lado de Pakistán y Bielorrusia, se encontraba Venezuela.

¿Qué diablos hacía Venezuela allí? Si algo ha caracterizado a Chávez son sus diatribas permanentes contra la jerarquía católica, éstas sí verdaderamente difamatorias. Luego hay una contradicción entre la posición anticlerical sostenida en el interior de Venezuela, para consumo interno, y la extraña alianza con teocracias radicales que sitúan la fe religiosa como la guía suprema de la gestión pública.

Esta contradicción no es un simple retozo del señor Chávez.

Por el contrario, muestra que las alianzas de Chávez con lo más radical del mundo árabe, que van desde ambiciosos proyectos de cooperación con Irán hasta el desafío rampante a la Corte Penal Internacional en el caso del líder sudanés Omar al Bashir, son cosa seria y que ubican cada vez con más profundidad a Venezuela en un espacio geopolítico netamente adversario a las naciones occidentales y a su tradición cultural.

Los logros comerciales de la reciente visita del presidente Uribe a Venezuela son apenas un contentillo. Colombia no debe olvidar que en Venezuela viene caminando una estrategia geopolítica trasnacional de la cual podremos ser víctimas en el futuro.

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