Por: Carlos Granés

El extremismo golpea a Barcelona

Aunque el horror siempre produce un extraño pasmo, como si ciertas aberraciones fueran imposibles, mucho menos repetibles, no puede decirse que el atentado que dejó 13 muertos en el pasaje más famoso y turístico de Barcelona, Las Ramblas, y uno más en el poblado costero de Cambrils, fuera una sorpresa para nadie. Había ocurrido antes en Niza. Y en Londres. Y en Berlín. Y en Estocolmo. Un vehículo sin control atropellando indiscriminadamente a todo el que pasa por ahí. Terrorismo low cost. Automóviles que cualquiera puede alquilar convertidos en armas letales. “Las máquinas mataban a los hombres”, decía Mario de Andrade en Macunaíma, como anticipándose a estos tiempos, “sin embargo eran los hombres quienes mandaban a la máquina”. Acciones que no demandan una inteligencia sofisticada, ni un plan minucioso, ni tampoco abundantes recursos económicos o logísticos; acciones que sólo exigen una cosa: estar convencido de que las potenciales víctimas, todas anónimas, sin cargos públicos ni fortunas, sin animadversión conocida hacia nadie, merecen morir. O, lo que es lo mismo, que la santidad de una causa eleva al justiciero por encima del resto y justifica cualquier atrocidad.

Esto es lo más espeluznante de esta forma de terror. Sin atentar contra nada en concreto, atenta contra todo. Los atropellos, los apuñalamientos, las bombas son actos espectaculares que dejan su rastro en smartphones y en cámaras de vigilancia, y que al ser perpetrados en lugares turísticos, donde las víctimas son siempre de muchas nacionalidades, repercuten de forma dramática en la prensa del mundo entero. Son atentados que generan la sensación de que nadie está a salvo en ningún lugar. El crimen es ser europeo o vivir en alguna ciudad europea, hacer parte de una sociedad que, a ojos de un islam deformado por el fanatismo y el odio anacrónico, propio de las cruzadas medievales y refractario a la razón y a la modernidad, merece ser destruida.

Esta vez fue una célula de doce jóvenes marroquíes —alguno había nacido en España— afincados en Ripoll, que ni siquiera hacían parte de la lista de 3.000 sospechosos de radicalización islámica manejada por las Fuerzas de Seguridad del Estado. Se habían propuesto desatar una gran matanza. Todo indica que su plan inicial no era atropellar peatones. En una casa de Alcanar guardaban explosivos (triperóxido de triacetona) y habían almacenado más de cien bombonas de gas butano. La noche del miércoles, sin embargo, algún descuido hizo volar la improvisada armería. El plan A, que seguramente habría sido mucho peor, quedaba por completo descartado. Pero ya habían llamado la atención de las autoridades y sólo les quedaba obrar a la desesperada. Optaron por imitar los atentados de Niza. Supongo que sabían cómo acabaría todo —los cinco terroristas de Cambrils fueron abatidos, varios otros han sido detenidos y sólo uno, al parecer, sigue fugado—, y aun así siguieron. Catorce muertos quedaron en el pavimento.

¿Qué pasó con estos jóvenes? ¿Por qué se produce un efecto contagioso entre inmigrantes o hijos de inmigrantes musulmanes con perfiles similares? Tengo para mí que quien mejor ha explicado estos fenómenos de conversión y radicalización fue el novelista nigeriano Chinua Achebe. Su pregunta no fue por el terrorismo, sino por el éxito que habían tenido los pastores anglicanos a la hora de captar jóvenes de los tradicionales clanes africanos y convertirlos a la religión de la Colonia. La respuesta que se intuye leyendo Todo se desmorona es que en cada sociedad hay una escala de valores, y que quienes no pueden ser virtuosos por x o y motivos y son desplazados a los eslabones más bajos de la sociedad, incuban un malestar que es fácilmente explotable. Fue justo a estas personas a quienes se acercaron los evangelizadores, diciéndoles que cuanto se consideraba debilidad o vicio en su clan resultaba ser una virtud en la nueva religión, y que cuanto despreciaban en ellos sus familiares y amigos era lo que más valoraba el nuevo redil de iluminados. Sus vicios se transformaban en virtudes. De la insignificancia ascendían a la notoriedad. Pasaban de ser colas de leones a cabezas de ratones, y la tentación resultó insuperable.

Es algo similar a lo que sucede con los hijos de inmigrantes musulmanes en los barrios periféricos de París u otras ciudades europeas. No saben de qué escapaban sus padres. No tienen una conciencia clara de las razones que llevaron a emigrar a su mayores. Sólo ven una sociedad que ofrece premios fabulosos para gente que tiene mejores números que ellos en sus boletas. Muchos —lo vemos cuando salen los perfiles en los noticieros— aspiraban a ser raperos o entraban y salían de la cárcel por pequeños hurtos. En ningún momento traslucían fervor religioso o ideales ascéticos. Sólo cuando son captados por las redes sociales o por imanes fanáticos se produce la conversión. El pequeño delincuente, sin opción de encontrar el más miserable de los trabajos en Europa ni de despertar interés entre las mujeres que lo atraen, descubre de pronto que puede ser un héroe, alguien admirado por su verdadero pueblo —no aquel que lo ha acogido sino una versión utópica y fantasiosa del califato islámico—, amado por las “novias de la yihad”, y que todo aquello por lo que es despreciado en Occidente lo convierte en un regio guerrero islamista. El joven marginal, sin opciones sociales, reedifica su autoestima deshumanizando a las personas con quienes ha convivido. Matarlos, después, no resulta tan difícil.

Todo esto se empezó a gestar hace varias décadas. Vimos los primeros síntomas de confrontación entre un islam vengativo y anclado en el tiempo y la mentalidad moderna cuando Salman Rushdie fue condenado a muerte por el ayatolá Jomeiní. Su novela Los versos satánicos fue leída como un irrespeto imperdonable. Esto ocurrió en 1989 y nadie supo muy bien cómo reaccionar entonces. Se llegó al absurdo de culpar a Rushdie. Usted se lo buscó, le dijeron, quién lo manda a ofender a los musulmanes; la próxima vez piense dos veces lo que va a escribir. Pero resulta que un Occidente sin libertad de expresión, sin humor, sin sátira y sin crítica, deja de ser Occidente. Y eso es justamente lo que se proponen los ataques terroristas, que el miedo genere autocensura —piénsese en el asesinato del cineasta Theo van Gogh o en el atentado contra la revista Charlie Hebdo— o que alteren hasta deformarlo el estilo de vida en las sociedades occidentales. Silenciando a los periodistas y artistas, encerrando a la gente en sus casas, fomentando el odio a los inmigrantes musulmanes, radicalizando a la opinión pública y debilitando los principios liberales que rigen las sociedades abiertas y plurales de Europa, ganan.

Afortunadamente eso está lejos de ocurrir. Se comprueba al día siguiente de cada atentado. Los lugares que fueron teñidos de sangre recuperan rápidamente la normalidad y las diferencias políticas se dejan a un lado para dar un mensaje de unidad. La vida sigue. Y sigue en libertad, con humor, con sátira y defendida de los extremismos y fanatismos por la crítica.

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