El extremo centro

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FEBRERO DECANTÓ A LOS REELECcionistas de derecha y de izquierda.

Los primeros pretenden mantener el poder hasta que se le acabe la insulina al Mono Jojoy y los segundos consideran que los gritos y las consignas acabarán con el imperio y su presidente afro. Las diestras y siniestras se han quedado en el discurso ‘anti’, sin proponer ‘pros’. Los áulicos cargan las maletas de su Mesías, tan llenas de vanidades personales que parecen un neceser. La paranoia les es común y por eso se inventan un mosaico de traidores; unos a la patria y otros, a lo que llaman revolución. El lenguaje que utilizan para recriminaciones mutuas haría sonrojar a algunos camioneros. Unos y otros cuestionan los falsos positivos, pero el rasero con que se reivindican no es el mismo.

El caso de los indios Awá es mirado por uno de esos extremos como si hubiera sucedido en Ruanda. Y para la otra punta, los jóvenes de Soacha hacen parte de una sesión informal de entrenamiento en el polígono. Pretender acercar esos dos extremos es tan imposible como separar borrachos. Pero mucho más difícil es empoderar una propuesta que, en ese contexto de polarización y que no haga parte de ella, tenga éxito. Eso es como ir a un clásico de fútbol y terminar haciéndole barra al árbitro.

Por eso hay que trabajar por nuestro propio extremo: ¡el centro! Pero por lo retador que es construirlo, no puede ser un referente insulso. A punta de discursos genéricos y lugares comunes produciría en los ciudadanos tanta emoción como una misa en latín. Si fuéramos a dirigir una ONG podríamos actuar con esa cara circunstancial de quien se siente víctima de todo, pero para dirigir a Colombia este extremo está en la obligación de hablar sin ambigüedades.

Para empezar, tenemos que diferenciarnos combatiendo egos. En esta yema de la política hay que buscar la diversidad de oportunidades para que todos sean reconocidos; en el kit de la candidatura presidencial y la fórmula vicepresidencial; en las listas a corporaciones públicas, que deben estar conformadas por personas capaces no sólo de anunciar reformas a fondo para hacer política, sino de lograr que el votante las perciba como creíbles para promoverlas; en las elecciones municipales de 2011 en las que se debe garantizar un manejo ético de las ciudades; y en colectivos que sin transacción alguna sean quienes asumirían un eventual gobierno.

Debe establecerse una financiación de campañas que además de preocuparse por la ilegalidad, no hipoteque la gobernabilidad por temor a no contradecir a sus mecenas. Asimismo, se debe reivindicar el escenario posuribista, pero siendo capaces de señalar que eso no es continuismo. Para ello se debe ser afirmativo en defender los derechos a la personalidad, promover la seguridad con respeto a las libertades, recuperar la institucionalidad en el campo diplomático, además de desarrollar una política social que no dependa de los cheques demagógicos en los consejos comunitarios y una economía “obamista”, que sea capaz de poner en cintura a sectores privilegiados como el financiero.

El centro de la política no puede ser asexuado. Confrontar no es pugnacidad. Coincidir con los otros vértices en puntos de la agenda no es diluirnos. Pero la devastación que nos proponen los fanáticos ambidiestros nos impone ser claros y contundentes. Centro sí, pero sin rodeos.

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