Por: Julio César Londoño

El fallo, el mito y la realidad

EL FALLO DE LA CORTE CONSTITUCIOnal provocó en el país un espectro de emociones que va desde el llanto hasta la euforia. No es para menos: el Presidente despierta devociones casi religiosas y odios viscerales.

En el exterior no se derramó una sola lágrima: el Departamento de Estado del imperio saludó el fallo como “una nueva muestra de la solidez de las instituciones de Colombia”. Al Jazeera informó con ecuanimidad que “La Corte declaró inconstitucional el referendo que podría abrir la puerta para un tercer período de Uribe”, pero no resistió la tentación de añadir que “su gobierno ha recibido duras críticas del Senado estadounidense por el manejo de los derechos humanos y por la muerte de decenas de sindicalistas”. Salomónico, El País de España aplaudió por igual la independencia de la Corte y el acato del fallo por parte del Presidente. En un recuadro minúsculo, Le Monde señaló que “Colombia retoma la senda de la democracia”.

El editorial de El Tiempo subrayó que la sentencia de la Corte contiene una exhortación al respeto por las normas, un repudio tácito pero enérgico a las ligerezas de la Procuraduría y “un mensaje para futuros ensayos populares” (nótese el tremendo esfuerzo para no decir “aventuras populistas”).

El Espectador tituló con elocuencia “Comienza la restauración” y arrancó sin eufemismos: “La Corte ha cerrado un capítulo oscuro para la estabilidad institucional del país”.

El fallo puede resumirse en tres puntos. 1, la Constitución no es papel toilette. 2, aquí no vale el “todo vale”. 3, la voz del pueblo no es la voz de Dios, algo especialmente cierto en un país donde el analfabetismo político alcanza niveles estratosféricos. La decisión de la Corte crea una jurisprudencia que nos puede salvar para siempre de la pesadilla del eterno retorno.

Ahora todos esperamos que la política vuelva a girar en torno al país y no a una persona, que descansemos por fin de yidispolítica, referendos, firmas, mensajes de texto, topes, DMG, transfuguismo, exequibilidad, enésimo debate, errores de redacción, conciliación, notarías, agroingresos y encrucijadas. Ojalá este sea el final de ese culebrón bizantino que ha copado por lo menos la mitad de la agenda política de los últimos ocho años.

Sus adeptos creen que Él es irreemplazable. En realidad nadie puede hacerlo peor. Bastará con que el nuevo mandatario no haga nada, que se quede hierático y quieto como una cucaracha zen, que no use lenguaje camorrero, que no desprecie la prensa, que no desequilibre la balanza de los poderes, que no sostenga ministros ineptos, que los cambie en lugar de humillarlos, que no distorsione las cifras del DANE y de Planeación, que esté más cerca de nuestros vecinos y más lejos de Washington (y del PIN), que no dé pie para que ciertos alcaldes y gobernadores crean que el fin justifica los medios, que entienda que la majestad presidencial los obliga a él y a su familia a cumplir no sólo preceptos legales sino también morales, y sobre todo, que no ofenda la memoria de decenas de miles de muertos con frases tan cínicas como esa de “Voten antes de que los metan a la cárcel”. (¡Se estaba destapando la olla más infame de nuestros anales, la parapolítica, y al prohombre sólo le preocupaba la aprobación de sus proyectos!).

“Ladran los perros, Sancho… —me dice un buen hombre— pero lo cierto es que Uribe se ganó un lugar en la historia, ya es un mito”. Sí. Copó la escena como nadie, tejió la red, fue idolatrado por millones, conoció cada palmo del país, arrinconó a la guerrilla, dinamizó la economía, salió ileso de varios atentados, parecía rezao, nada lo afectaba, ni la criptonita. Sí, tendrá un peso histórico mayor que el de Gaitán y Galán juntos, pero será un mito de ingrata memoria. Se lo recordará como el hombre que tuvo un poder sin antecedentes y lo malgastó ubérrimo; pudo cambiar el rumbo del país pero terminó atrapado en un remolino de soberbia, egolatría, crímenes y artimañas, y naufragó viscosamente en un mar de sangre y babas.

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