Por: Luis Carvajal Basto

El falso dilema del presidente Obama

Si sigue atrapado en la disyuntiva entre generar empleo o reducir el gasto público, no serán buenas las posibilidades de su nuevo plan ni su reelección.

Lo peor que le puede suceder a un gobernante contemporáneo es que las circunstancias, o lo que es más grave, la oposición, le impongan la agenda. Es el primer paso para comenzar a perder control sobre las variables que están a su disposición. Con esa estrategia, los republicanos han conseguido, en un año preelectoral, fijar los términos y las condiciones de un debate en que Obama no puede resultar más que perdedor.

Las persistentes malas cifras de desempleo son el principal problema de los norteamericanos hoy. A eso apunta el plan presentado al Congreso la semana anterior por el Presidente. El déficit fiscal, sobre el cual hace énfasis la oposición republicana, es el principal freno a las herramientas anti recesión de que dispone Obama. Peor que eso, para él y la economía norteamericana, han sido las consecuencias del mal manejado debate previo sobre el techo de la deuda y su impacto en la confianza y expectativas de quienes compran bienes y generan empleos.

No ha sido suficiente que Obama ponga en evidencia los efectos del que ha llamado “circo político” que le ha diseñado la oposición y del cual ha sido gustoso participante. Tampoco le ha servido recordar  que el déficit tiene que ver con la herencia de su antecesor y la crisis generada por una banca irresponsable. Luego de las debacles, en el ejercicio del gobierno no se evalúan excusas sino resultados y, en ellos, el Presidente lleva hasta hoy la peor parte, a pesar, como lo reconocen sus adversarios, de sus buenos discursos e intenciones. Se le empieza a calificar, por parte de la oposición, como un buen orador y mejor tipo, pero mal gobernante. Al permitir el juego en los términos que fijan sus contradictores, parece conforme con el papel que le han asignado en la telaraña de mensajes, al colocarse en posición francamente defensiva, apenas.

En teoría, la discusión pareciera dar círculos. Si para el gobierno la solución tiene que ver con estímulos fiscales que promuevan empleos  e incremento del gasto público, para la oposición ello no es posible por cuanto implicaría mayor déficit, el cual no se puede subsanar más que con nuevos impuestos  que frenan la inversión impidiendo la generación de nuevos empleos.

En la realidad, ocurren cosas como que si la baja competitividad o el alto costo de producir en Norteamérica no ofrecen buenas condiciones a los inversionistas, estos llevan sus capitales a la China o a cualquier otro lugar en que la rentabilidad sea mayor, lo que no puede hacerse con la mano de obra norteamericana, generando desempleo.

Lo que no va a ser posible para Obama, o para cualquiera, es  reemplazar, a término indefinido, baja productividad y falta de competitividad con estímulos permanentes a la producción. Es un esquema artificial que no se puede mantener  a perpetuidad, ni siquiera con el costo del capital acercándose a cero, como lo ha dispuesto la reserva federal. Mientras tanto, crece el déficit comercial con China, par y paso con el desempleo.

Más allá de la realidad económica, sobreviven y se imponen las decisiones políticas. Las últimas encuestas dicen que un 60% de los ciudadanos están a favor de eliminar los estímulos fiscales que el ex Presidente Bush otorgó a grandes inversionistas y solo un 37% se manifiesta de acuerdo en reducir el déficit solo reduciendo gastos y sin aumentar impuestos, como lo proponen los republicanos.

Aun no es tarde para que los sueños de Obama  y de muchos norteamericanos tengan una segunda oportunidad, pero tendrá que utilizar lo que le queda de mandato para tomar decisiones de gobierno que, a pesar del déficit, generen empleos, resolviendo el dilema falso de gastar reduciendo el gasto. El gobierno es para gobernar y su esencia no consiste en hacer debates. Al fin de cuentas, no se puede servir a Dios y al demonio, menos si este se presenta como lo que es: un contradictor interesado en ocupar la silla en que el presidente está sentado.

 

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