Por: Lisandro Duque Naranjo

El fantasma de Andrés Escobar

La goleada de Holanda a España por 5 a 1 me confirma un pálpito que he venido madurando en estos días y que expondré a los lectores corriendo el riesgo de ser arbitrario, y de que en poco tiempo pueda ser desmentido por la realidad: las sociedades en ciertos trances de infelicidad —producto de crisis no resueltas no sólo en lo económico, sino en lo cultural— tienen más opción de que sus deportistas fracasen en los compromisos internacionales. A los países contentos, o relajados, en cambio, los acompaña la posibilidad del éxito.

Aquella España del bienestar en la transición del siglo XX al XXI, por ejemplo, vio surgir a Arantxa Sánchez y a Rafael Nadal en el tenis, a Fernando Alonso en la Fórmula 1, a Miguel Induraín en el ciclismo y a la selección de fútbol en el Mundial de Sudáfrica. No era sólo un asunto de holgura económica —aunque se invertían billones—, sino de solvencia espiritual, de armonía colectiva. O si se quiere, del éxtasis y la suficiencia que provoca la prosperidad.

Obvio entonces que la crisis económica haya empezado a cobrarle una cuenta anímica a ese país. Pero de peor manera algo le dañó el caminado provocándole un imprevisto bochornoso: su rey mató un elefante, en una jornada de caza, y posó luego orgulloso al lado del cadáver de la mítica bestia. Eso le costó, primero, el prestigio y luego la corona. Y ahora le ha puesto el dulce a mordiscos a su sucesor, y puede que a la monarquía completa. Así es muy complicado para su selección repetir el título. Hay ahora ciertos hados adversos que rondan a sus futbolistas, por muy geniales que sean con sus patadas.

En cuanto a Brasil, la pobre Dilma Rouseff está encartada con las consecuencias del derroche presuntuoso que le dejó Lula. ¿Quién iba a imaginar que en la tierra dueña del fútbol sería el pueblo el que iba a repudiar los estadios? Así no hay selección, por muy anfitriona que sea, que juegue tranquila. Brasil perderá. Sólo se recuerda un caso en el que esa maldición no se cumplió: el de Argentina 78, cuando Videla intentó tapar los muertos con goles. Pero esa copa resultó de veneno para la memoria.

En Colombia, hace poco se vivió el júbilo por la moñona que hicieron en el Giro de Italia tres muchachos heroicos: Nairo Quintana, Rigoberto Urán y Julián Arredondo. Hacía tiempo que por fuera no nos representaba nadie que jugara limpio en una actividad honrosa. Sólo nos llegaban noticias sobre hazañas sospechosas y sufrimientos que no incitaban a la solidaridad, a mí por lo menos, de mercenarios de acá en guerras remotas. El doble período de los ocho años fue fecundo en soldados de fortuna, en jóvenes cuyo sueño era levantar un arma como si se tratara de un trofeo.

En cuanto a nuestra selección de fútbol, obviamente no me imagino hoy viernes, día en que escribo esto, el resultado del sábado contra Grecia. Les deseo a los nuestros que ganen.

Pero sé que les irá mejor, después de los resultados del domingo en las elecciones, cuando por allá sepan que aquí ganamos los que no queremos más guerra. Porque si ocurriera al revés, debe ponerlos muy avergonzados eso de salir a la cancha, o por televisión, representando a un país en el que por decisión mayoritaria salió triunfante el crimen. El fantasma de Andrés Escobar se les aparecería, asustándolos, aunque no sean culpables.

Pero frescos pelados, que eso no va a ocurrir.

“El que prepara una venganza, debe cavar dos tumbas: la del otro y la propia”. Proverbio popular.

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