Por: Fernando Araújo Vélez

El fantasma de Kid Chocolate

Su última pelea fue la más importante de su carrera. La definió con un nocáut en el tercer round, luego de varios minutos de sangre y de golpes y de terror y de angustia contra un amigo-enemigo al que le ganó un cupo para representar a Colombia en los Juegos Olímpicos de Múnich.

Él decía Múich, pues ni sabía ni le importaba qué era aquello. Y agregaba que hacía frío allá, mucho frío, siempre frío, y que tendría que ponerse encima una oveja para no congelarse. Entonces se reía y le daba golpes a un rival imaginario con una pose de gran boxeador, como la que quería para la foto de su pasaporte. Cuando se lo entregaron, 15 días antes de su viaje, gritó que él no iría a ninguna parte si no le cambiaban la foto, y si accedió, por fin, luego de lanzarle puños a todo lo que existiera o no, fue porque su madre le imploró que dejara esas tontas vanidades a un lado y las guardara para el ring.

Sin embargo, no hubo más rings ni más poses ni más fotos de pasaporte. Kid Chocolate, como se había rebautizado él mismo por su color y el Kid de algunos de los más grandes boxeadores de la historia, recibió la tarde  anterior a su partida la noticia de que no habría viaje. Se lo dijo uno de sus vecinos, que intentó ser su apoderado y lo fue durante dos meses, y quien terminó vendiendo por dos mil pesos el cupo que Kid había conseguido con sus puños. Cuando Kid obtuvo la clasificación, se le acercó para celebrar con él, pero más que eso, le propuso que lo dejara ser su guía, que le permitiera llevarlo para que en un tiempo fuera el gran campeón que había soñado desde niño. “Todo a cambio de unos pocos pesos de los millones que vas a ganar”.   Esa noche, sellaron un pacto de sangre y soñaron con títulos de oro. Sesenta días más tarde, el hombre que lo iba a volver campeón  le dijo a Kid: “Nos jodieron, muchacho, nos jodieron. Te bajaron del avión por razones de fuerza mayor, esas fueron sus palabras. De todas formas, préstame tu pasaporte para ver qué puedo lograr”. El pasaporte de Kid terminó en manos de Eduardo García, un dirigente mandos medios que se hizo pasar por boxeador de la delegación colombiana. García vivió, comió y durmió en la villa olímpica. Viajó en el bus del equipo de boxeo y se vistió con el uniforme nacional. Asistió a las carreras que quiso, a varios partidos de baloncesto, presenció en primera fila las siete medallas de oro de Mark Spitz en las piscinas olímpicas, e incluso escribió una nota para un periódico colombiano sobre el gran suceso.

El día de su combate, el maestro de ceremonias anunció “y en la esquina azul, de Colombia, Eduardo García, Kid Chocolate...”, pero allí no había nadie. Pasaron 10 segundos que el árbitro contó en voz alta. Nada. El juez sentenció un w.o. y dejó que pasaran cinco segundos más ante el estupor del público.

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