Por: Gustavo Páez Escobar

El fantasma del banco

Si no se hubiera tratado de Leonel Gómez, el celador más calificado de la oficina, tal vez no habría creído yo en la historia del fantasma. Se trataba del Banco Popular en Armenia, donde Leonel consideró un día que dentro de las novedades del servicio debía reportar la aparición del fantasma al gerente de la oficina, que era yo.

Lo escuché en silencio y con incredulidad. Cuando me dio la sensación de que la cosa era en serio, ya no tuve duda de que el celador no sufría de ninguna alucinación. Él me aseguró: en las noches, cuando el banco permanecía en silencio, comenzaban a sentirse movimientos extraños, como abrir y cerrar escritorios, toser, caminar de un lado al otro. 

Avezado como era Leonel en el desempeño de su cargo, creyó al principio que se trataba de una persona, y con su arma se preparó para el ataque Luego, se convenció de que era un fantasma. Y recordó que algo similar le había ocurrido cuando prestaba sus servicios en orden público como suboficial del Ejército. En aquella ocasión, el caballo a su servicio se encabritaba al pasar por cierto lugar del camino. El caso se volvió rutinario y terrorífico.

Alguien le aconsejó que llevara consigo un frasco de agua bendita, y cuando el caballo se ofuscara, lanzara el agua en los alrededores de la bestia.  A partir de ese momento desapareció el fantasma, o el espíritu, o el espectro, o el duende, que de todas maneras se conocen estas visiones paranormales. 

En el banco, los golpes, ruidos, voces y movimientos misteriosos se volvieron  persistentes. Hasta que la situación se hizo casi familiar. Me puse a estudiar entonces textos sobre la materia y llegué al convencimiento absoluto de que se trataba de un alma en pena, otro de los sinónimos de la lista antes anotada.

El suceso llegó al clímax cuando una noche el celador sintió el tecleo de una máquina de escribir. A la noche siguiente, con otro celador, volvió a repetirse el hecho, pero esta vez con una adición: el carro de la máquina se movía solo, de un extremo al otro, como si lo manejara la mano de la mecanógrafa (que a esa hora dormía el sueño de los justos).

Cuando me enteré de tal novedad, me formulé una conjetura simple: me había llegado competencia. Pero no en las cifras, los préstamos y las rentabilidades. ¡Aparecía un nuevo escritor en el banco! Y él me aliviaría de la carga de sentirme tan solo. Alcancé incluso a alegrarme, pero luego me situé en la triste realidad: se trataba de un escritor fantasma. Por lo tanto, había que continuar  explorando el campo de los espíritus. Imposible dejar de creer en ellos, si Leonel y sus compañeros certificaban lo mismo. Y me acordé del dicho popular:  “No hay que creer en brujas, pero que las hay, las hay”.

Como en el banco había un fantasma real –y no fabricado por la imaginación–, en modo alguno podía ignorarse su existencia. Para familiarizarme más con el tema y sentirme yo mismo fantasma, salí disparado a la librería y adquirí dos obras famosas: El fantasma de Canterville, de Óscar Wilde, y El fantasma de la ópera, de Gastón Leroux.

Deduje, por supuesto, que se trataba de un alma en pena que, asfixiada en la atmósfera calenturienta del dinero, buscaba su liberación. El pobre fantasma hacía todo lo posible para que lo sacaran de su prisión, y nadie lo entendía, nadie lo compadecía. Abría y cerraba escritorios, tosía, daba pasos de persona grande, tecleaba las máquinas… y era como si nadie lo escuchara.

Una noche, después de una tertulia de trabajo con los jefes de sección, al llegar a la puerta de salida y encontrarnos con Leonel, nos pusimos a bromear sobre la historia fantasmal.  Al día siguiente, Leonel me contó que el espíritu se había indignado con nuestras chanzas e irrespetos, y después de agitarse como un ciclón por todo el recinto, se había encerrado en la pieza de los celadores. Leonel, que estaba preparado con el frasco de agua bendita, se enfrentó al personaje y roció el contenido mientras de la pieza salía  una corriente impetuosa (llamada “cúmulo de energía negativa”) que lo hubiera derribado si lo coge de frente, y que fue a desintegrarse contra la pared adyacente.

Desde entonces desapareció el fantasma. Y aquí, treinta años después, estoy yo contando la historia.

gustavopaezescobar@hotmail.com

 

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