El fascismo nuestro de cada día

Hubiera querido referirme sólo a los artículos de investigación de la cada vez mejor alma máter de la Universidad de Antioquia que gentilmente podemos leer en El Espectador cada mes (hablar por ejemplo del excelente y necesario artículo sobre lecto-escritura), pero dos crónicas de la Bogotá de comienzos del siglo XXI (parece del XX) me obligan a hablar del fascismo.

La primera, escrita por Charlie Mole, un inglés que tuvo que sufrir agresiones verbales y físicas en un bus de Bogotá por parte de un “orgulloso colombiano fascista”, y todo por ser extranjero. Con total desenfado, cuenta Mole, un fascista colombiano, abiertamente lo agredió y le dijo sin pestañear que él era una nacionalsocialista colombiano. ¡Y después dicen que Colombia es Pasión!

Por otro lado, Jorge Cardona, en su crónica “La odisea de asistir al estadio”, recuerda que “desde el saludo fascista que increíblemente domina el panorama cuando se entonan las notas marciales del Himno de Bogotá, todo parece diseñado para que empiece la guerra”. Yo le agregaría a la crónica de Cardona, que también hacen parte de la “fiesta” y de la “guerra” las paradas marciales de las bandas de guerra de la policía que adornan el espectáculo y los escuadrones del Esmad que protegen a “los ciudadanos de bien”.

Sería un tema para estudiar más a fondo. Mis recuerdos de infancia no me muestran ese saludo a finales de los ochenta (aunque espero que no me pase lo de Günter Grass). Me parece que es algo de los noventa. ¿Made in Argentina? Y desde allí, ¿Made in Italy?, más en particular, ¿Made in Lazio de Roma? (Los hinchas de ese equipo son abiertamente pro-fascistas) ¿Desde cuándo se impone el saludo fascista en las masas inermes, inertes e irracionales de El Campín? ¿Son conscientes muchos de esos “hinchas” de lo que ese saludo significa? Tiendo a pensar que no lo saben. No olvidemos que en Alemania, por ejemplo, está prohibido hacer gestos o alusiones a cualquier símbolo fascista. Debería prohibirse ese saludo aquí también. Pero insisto, vale la pena investigar a fondo el fenómeno fascista en lo cotidiano.

Con respecto al fútbol, creo que mientras no exista una asociación más fuerte de futbolistas agremiados en Colombia, se van a seguir repitiendo caras largas, de “vergüenza ajena” como la de Óscar Córdoba (quien en una actitud para elogiar, se solidarizó con los jugadores del Cali). El domingo pasado, la fuerza de presión de los medios de comunicación, de los aficionados en el estadio y de los directivos del fútbol demostró una vez más que “la vida no vale nada” en este país. Mientras un jugador del Cali yacía en una sala de urgencia en la Clínica Palermo, la mayoría de gente sólo quería “prender la fiesta”. Como recordaba el lunes el periodista deportivo Jaime Pulido, de RCN, “el muerto al hoyo y el vivo al baile”. Elogio para Córdoba y el capitán de millonarios, Gerardo Bedoya, que fueron primero personas el domingo pasado, y no simples mercenarios que juegan sólo por cobrar.

Carlos Cazagemas. Bogotá.

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