Por: Cristina de la Torre

El fascismo sale del clóset

COMO EN LOS AÑOS 30, TAMBIÉN A- hora la crisis económica despierta en Europa los populismos autoritarios, con sus componentes de nacionalismo, xenofobia y violencia contra el “otro” que amenaza la identidad propia y usurpa los puestos de trabajo. Judíos entonces, “amarillos” hoy, a instancias del inmigrante extracomunitario sale del clóset en Italia el fascismo larvado que esperaba su segunda oportunidad.

Albaneses, rumanos, latinoamericanos, negros y gitanos sufren razzias envolventes de la Policía y palizas propinadas por brigadas de choque idénticas a los fascios originarios. Acento racista del nuevo fascismo que busca el poder en el Viejo Continente, en Italia lo traduce un aviso dirigido a los negros colocado a la puerta de una discoteca de Padua, y reza: “ni crea que puede seguir sólo porque Obama ganó”.

Con apoyo de toda la derecha —católicos, nostálgicos del Duce, separatistas del Norte que quieren una república blanca, de sangre pura y celta— Berlusconi se fraguó su cuarto mandato exasperando el pánico contra el “invasor” y autopostulándose como el único capaz de enfrentar toda amenaza contra la patria, cuyo núcleo serían los inmigrantes. Debutó con un proyecto que convierte en criminales a los inmigrantes que no lleven sus papeles en regla. Su ministro de Gobierno, el presidente de la Cámara y el alcalde de Roma, Gianni Alemanno, son fascistas declarados. El 8 de septiembre pasado, el ministro de Defensa, La Russa, rindió homenaje a tropas pro-nazis.

Pero ellos no están solos. Pese a que Berlusconi enfrenta más de 20 procesos penales por fraude, corrupción, tráfico de drogas y asociación con la mafia, un amplio movimiento de opinión le hace coro. Proliferan los retratos de Mussolini en puestos de venta callejeros y a casi ningún taxista le falta ese adminículo en su llavero. El portero del Milan, Abbiati, invita a romper el “tabú” del fascismo, acogiendo valores suyos como la patria, el orden social y el catolicismo. Nuevas estrellas del fútbol se le suman todos los días: celebran sus goles con el saludo fascista. El público aplaude el tanto y, buena parte de él, también el saludo.

La historia reciente se ha encargado de demostrar que en situaciones de crisis social y desarraigo emocional florecen el dogma y el autoritarismo. Que el primer demagogo capaz de convocar la unidad del pueblo contra un enemigo diabólico —real o inventado— puede incitar al exterminio del agresor “impuro”. Legitimación moral de la violencia, tan cara al fascismo que vuelve a ofrecerse como solución a la crisis.

Dirán los que saben que tan sorprendente involución a un atavismo en apariencia olvidado no obedece apenas a un anhelo de seguridad en la gente. Que responde también a la sosera ideológica en que cayeron los partidos. Renunciaron ellos a las ideas que los distinguían de los demás, para desplazarse hacia un modelo de consenso que disimula las diferencias y sacrifica el pluralismo. Paraíso de un centro asexuado, democracia de cortesías impostadas a cuyas espaldas creció un vacío que el discurso de derecha vino a llenar.

 El populismo autoritario se hizo eco de la pasión política y la canalizó contra un enemigo providencial: allá contra el “peligro amarillo”, aquí contra el terrorismo. Allá contra los inmigrantes, aquí contra la oposición. Contra artistas como Patricia Ariza, aplaudida de todos los públicos, diez veces galardonada en el extranjero, por motivos peregrinos que la ponen, sin embargo, en la mira del fusil. A fuer de popularidad, andan todos saliendo del clóset.

 

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