Por: Mauricio Rubio

El feminismo y su buen salvaje

Fuera de exaltar a Rousseau, “Las 100 últimas tribus felices del mundo”, artículo publicado en El País, es un sutil sarcasmo: existen plácidos edenes sin feministas quejándose por los excesos masculinos.

Al describir las “comunidades indígenas sin contactar”, las autoras —una, feminista declarada, es especialista en temas humanitarios— engavetaron el desasosiego con la situación femenina para destacar las ventajas de vivir por fuera del sistema capitalista. Fiona Watson, entrevistada como experta en “tribus no contactadas”, destaca a los sentineleses, un grupo aborigen que habita totalmente apartado una isla del océano Índico. “Son felices y en algunas fotos se aprecia que están fuertes y sanos. Demuestran que tomaron la decisión correcta de permanecer aislados porque no necesitan nada de la sociedad afuera, tienen todo en su isla”. La voluntad de quedarse en el paraíso sería unánime, sin discrepancias individuales ni restricciones para abandonarlo, como en Cuba.

Además del voluntarismo colectivista, afirmaciones tan ligeras surgen de observar el nirvana desde la estratosfera: de esa tribu tan enigmática nadie sabe nada. En siglos pasados, los malayos utilizaron aquellos parajes para la piratería y el comercio de esclavos. Esas habrían sido las “razones históricas” de la aguda hostilidad hacia los foráneos. Las referencias a las islas —hindúes, griegas, chinas o italianas— señalan que los navegantes siempre las evitaban. “Los tripulantes de barcos naufragados eran generalmente asesinados y sus naves destruidas y saqueadas por los nativos” que así recogieron y adaptaron armas. Los piratas los acusaban de canibalismo, inculpación nunca sustentada.

Sobre las mujeres sentinelesas la ignorancia es mayor. Solo se conoce una curiosa anécdota: en 1970, el antropólogo Triloknath Pandit dirigía una expedición buscando establecer contacto; la embarcación encalló en los arrecifes coralinos y los nativos la atacaron con lanzas y flechas desde la playa. Según un testigo, en medio del embate “una mujer se acercó a un guerrero y lo abrazó apasionadamente. Otras la imitaron, cada una con su hombre, en una especie de apareamiento comunitario que redujo el número de combatientes activos. Cuando el ritmo de esta frenética danza del deseo disminuyó, las parejas se retiraron a la selva”. Nadie entendió bien la lógica del episodio.

Otra tribu feliz del artículo referido son los yanomamis de Venezuela y Brasil. Antes de la fiebre del oro en su zona, que acabó afectándolos con masacres y epidemias, fueron conocidos gracias al trabajo etnográfico de Napoleón Chagnon. Tenían fama de agresivos y machistas, dos lacras que se refuerzan, como bien pregona el feminismo. Marvin Harris describió la dinámica: “Entre más violentos los machos, se tornan sexualmente más agresivos, explotan más a las mujeres y aumenta el control de varias por un solo hombre. La poliginia intensifica la escasez femenina, incrementa la frustración de los jóvenes y la motivación para guerrear”. Es una versión agreste de los pandilleros peleones.

Muchos yanomamis lucían en la piel las huellas de sus innumerables riñas e incursiones militares. Según Harris, “aunque desprecian a las mujeres, pelean constantemente por incidentes de adulterio, reales o imaginarios. Ellas también presentan múltiples cicatrices de sus encuentros con seductores, violadores o sus propios parejos. Pocas se libran del brutal tutelaje de su marido guerrero”.

Para explicar las continuas refriegas, Chagnon reiteró lo dicho por los mismos yanomamis: competían por mujeres, cuyo número alcanzaba a ser bastante inferior (20%) al de hombres. Encima, los líderes más violentos acaparaban varias. Harris agregó que la escasez podía ser endógena: la provocaban ellos mismos por razones materialistas, con infanticidios femeninos y asesinatos selectivos de mujeres. Estas teorías fueron rechazadas por indigenistas que llegaron a responsabilizar a Chagnon de la violencia fratricida. El contacto reciente con foráneos complicó la dinámica de los conflictos. Nada permite pensar que al agravarse la situación de la tribu mejoró la de las mujeres, o mermaron las agresiones. Al contrario, el déficit femenino se agudizó con las hordas de mineros ilegales.

Existe evidencia arqueológica sobre las frecuentes guerras primitivas entre ancestros lejanos, cazadores recolectores como las tribus actualmente aisladas. El desequilibrio del incidente en la playa de Sentinel —sólo algunos atacantes pudieron hacer el amor y no la guerra— lleva a sospechar que allí también sobran célibes involuntarios, pendencieros y maltratadores, hipótesis imposible de contrastar sin observación etnográfica.

Las periodistas militantes silenciaron los abusos de los yanomamis. Fiona Watson, admiradora del buen salvaje, trabajó con ellos pero su ONG Survival los describe evitando alusiones incómodas a la violencia de género. Con extrema susceptibilidad feminista ante cualquier nimiedad, las aborígenes golpeadas, raptadas y violadas se asimilan a objetos prescindibles: incluso los feminicidios parecen irrelevantes ante la obcecación por la pureza cultural. En esa visión amañada del mundo y los derechos humanos subyace un racismo supino: algunas indígenas, por nacer así, deben aguantar los atropellos de sus machos, cándidos guerreros de las últimas tribus felices sobre la tierra.

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El feminismo y su buen salvaje

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