Por: Juan Gabriel Vásquez

El fetiche de las mayorías

HA PASADO UNA SEMANA YA DESDE que la Corte Constitucional echó abajo el famoso referendo, y en todas partes —en este periódico y en el otro y en la radio y en la calle— siguen surgiendo reacciones que, con distintas palabras y entonaciones, vienen todas a aterrizar sobre la misma idea esencial:

el fallo de la Corte es antidemocrático, porque va contra la mayoría. La mayoría de colombianos quería que Uribe siguiera siendo presidente, y esa voluntad popular, según esta opinión, habría debido ser respetada por la Corte. No importa que se violen los topes de financiación, no importa que se cambie de forma trapacera la pregunta que rige el texto, no importa, en fin, que no se cumpla la ley: lo que importa es que eso se hace para honrar la voluntad popular. Y eso, finalmente, es la democracia: aunque sea con trampa, que se haga lo que quiere la mayoría.

La mayoría es un fetiche, y el culto de la opinión mayoritaria es una de las cosas más humanas que existe. Y sí, uno puede echar mano de varios y tristes ejemplos de los desastres que pueden ocurrir cuando países civilizados se entregan a la dictadura del que más grita, o del grupo que grita más fuerte. Pero Latinoamérica tiene su propia razón para adular las mayorías: cualquier psicoanalista se daría cuenta de que tiene que ver con nuestra nostalgia del Caudillo, del Hombre fuerte. Cada vez que un uribista grita aquello de las mayorías y el pueblo, me resulta más fácil entender que Chávez siga en el poder en Venezuela. Una periodista italiana me recriminó una vez mis opiniones contra Chávez con ese argumento invencible: “¡Pero si es un gobierno elegido por la mayoría!”. Cuando Chávez cerró un medio de comunicación que no le caía en gracia, un venezolano que conocí casualmente me dijo: “Bueno, eso no importa. La mayoría ni siquiera lo veía”.

No, a mí no me cabe la menor duda de que Uribe tenía el respaldo de las mayorías. Pero tampoco olvido que las mayorías en Colombia se han construido, por lo menos en una pequeña parte, mediante el chantaje más o menos velado. “No le haga el juego al enemigo”. “Quien no está con Uribe está con las Farc”. Semejantes fórmulas han sido jaleadas desde el Gobierno, claro, porque así, mediante la criminalización del disenso, se fue construyendo la payasada aquella del Estado de Opinión. La idea de que haya gente allá fuera que pueda querer un país sin guerrilla, pero también sin Uribe y lo que su gobierno ha traído, no cruzó por la cabeza de quienes forjaron esa suprema sandez.

Una sandez peligrosa, además. Cuando yo pienso en las cosas de las que nos hemos liberado con la sentencia de la Corte, pienso primero que todo en el Estado de Opinión. A la doctrina, si es que se le puede llamar así a lo que no es más que la sublimación de la matonería, le falta una palabrita: “Masiva”. El Estado de Opinión Masiva: eso es lo que planteaba el uribismo. Y el problema es que la opinión masiva, casi por definición, carece de razones y argumentos, y aun los desprecia, porque no los necesita: le bastan las interjecciones, los gestos primitivos, la descalificación barata. La Corte Constitucional no ha tenido opiniones, sino argumentos. Un solo hombre con un buen argumento pesa más que una mayoría. Esto lo oí en alguna parte, pero no me acuerdo dónde. Y, la verdad, me da igual.

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