El fin de Hong Kong

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“Nosotros estamos haciendo historia”, me dijo un estudiante durante las protestas de septiembre de 2014 en Hong Kong. En efecto, los manifestantes hicieron historia, pero no de la manera como esperaban. La suya ahora representa una esperanza frustrada: la muestra más reciente de un siglo XXI que retrocede en el camino creado a finales de siglo XX, el de universalizar los ideales de libertad y democracia, una vez cayeron sucesivamente los sistemas totalitarios del imperialismo soviético.

El ideal de la democracia que surgió a finales de siglo XX, sin embargo, es un cáliz envenenado. En su mejor expresión, representa el impulso altruista de ampliar principios como el respeto a los derechos humanos y la libertad de expresión, a regiones otrora sojuzgadas por dictadores o sistemas de partido único. La caída del régimen del apartheid sudafricano, en 1994, fue una de las más elevadas expresiones de este principio. Sin embargo, en la práctica, la expansión de la democracia a menudo implicó también la continuación de la explotación neocolonial a través de élites de gobierno cooptadas por los países del G8.

La expansión de la democracia en el mundo en desarrollo no vino acompañada de una plena soberanía.

La gran paradoja de Hong Kong es que no era un país independiente, que pudiera sostener su nuevo sistema democrático, sino un territorio entregado a China, que debía funcionar como una suerte de arma de propagación democrática. La idea de los británicos era que tener un territorio democrático en las puertas de la masa continental de la China comunista eventualmente operaría como una suerte de reacción en cadena.

Ese principio descansaba sobre los supuestos de que el Partido Comunista de China no podría cumplir una promesa de prosperidad para su población de la misma forma como lo haría una potencia capitalista como Hong Kong, y que la vigilancia de Occidente podría mantener a China firme en su palabra. Los chinos de la masa continental, viendo la riqueza y prosperidad de Hong Kong, exigirían esas libertades. Eso no sucedió.

Ambas apuestas fueron equivocadas. Al cabo de dos décadas, ciudades chinas como Shenzhen y Shanghai superaron por mucho la prosperidad de Hong Kong, y la unidad de Occidente se desintegró, al tiempo que Estados Unidos decidió tomar un camino a espaldas de sus aliados de la Guerra Fría.

La nueva ley de seguridad aprobada por el cuerpo legislativo de China elimina efectivamente la libertad de opinión y expresión en este territorio que, según el tratado de entrega de la colonia, firmado por Reino Unido y China en 1997, debía darle libertades democráticas a la isla hasta el año 2047. La pandemia no hizo sino cristalizar el momento que China buscaba para dar el avance definitivo hacia una Hong Kong plenamente integrada al sistema del Partido Comunista chino. Los próximos 27 años serán de ajustes, de eliminar el disenso.

Hong Kong, tal y como el mundo la conocía, se acabó; y con ella, también lo que pensábamos en el cambio de milenio que sería el mundo en el futuro.

¿Eso es bueno o malo? Depende. Los observadores de Europa y Estados Unidos, y obviamente los hongkoneses, lo consideran una tragedia monumental. Para quienes deben padecer el paso de una sociedad abierta a una sociedad cerrada es una tragedia, pero la democracia de Hong Kong era por principio insostenible. Tanto, que venía con fecha de vencimiento.

Quizás esa es la lección que debemos sacar de esto. La democracia, como cualquier otro sistema, tiene límites. Su supervivencia en algunos lugares a menudo depende de países tutelares, como sucedió con Hong Kong. Y como sucedió con Afganistán o Irak, la simple imposición de sistemas electorales no siempre funciona.

No quiero hacer aquí una impugnación de la democracia. La prefiero a cualquier otro sistema y uno de los motivos por los que no quise permanecer en China era el efecto que un régimen totalitario tenía sobre la sociedad. Pero su poder inspirador se ha debilitado. Sus fracturas son evidentes y no necesariamente es el único camino, o el más expedito, para llegar a una sociedad próspera y en paz.

Nos volvimos complacientes hacia la democracia y damos por sentado que tiene un enorme poder para realizar cambios sociales. Tiene un enorme potencial para ello, pero no es suficiente su sola invocación. Debemos volver sobre ella: renovarla, fortalecerla y probablemente reformarla.

Twitter: @santiagovillach

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