Por: Jorge Iván Cuervo R.

El fin de un conflicto

Con el anuncio de la misión de Naciones Unidas en Colombia de la recepción de 7.132 armas de las Farc se cumple el punto más sustancial del acuerdo entre esa guerrilla y el Estado colombiano en cabeza del Gobierno del presidente Juan Manuel Santos.

Con este hecho puede decirse que se terminó un largo y doloroso conflicto armado que dejó miles de muertos y heridos, millones de víctimas, odios y venganzas difíciles de procesar y una severa afectación a la institucionalidad democrática. También nos dejó el paramilitarismo, sus masacres, sus ataques a los movimientos sociales, su fachada contrainsurgente en función del narcotráfico; una democracia local debilitada en sus capacidades de tramitar las demandas sociales, una estigmatización al movimiento social y una oposición de izquierda atrapada en un imaginario colectivo de enemigo del Estado, incapaz de construir una agenda de gobierno nacional, y una derecha incapaz de consolidar un orden legítimo e incluyente.

Nos dejó también el exterminio de la Unión Patriótica, un gasto militar desbordado y un desequilibrio en el gasto público en favor de la guerra que permitió que se acentuaran las desigualdades sociales, especialmente en el campo. Nos dejó un sistema penal que ve con desconfianza la protesta social y a la universidad pública, una policía militarizada y un dispositivo de represión brutal como el Esmad, que es necesario desmontar.

Ahora bien, no todo esto va a quedar atrás de manera automática. Justamente el posconflicto consistirá en hacerse cargo de toda esta herencia que no hubiera sido posible sin el escenario y el pretexto del conflicto armado.

Es justo reconocer al presidente Santos y al equipo negociador encabezado por Humberto De La Calle y Sergio Jaramillo por llevar este barco a buen puerto en medio de las dificultades, el escepticismo social, la indiferencia cuando no mala espina de algunos medios, y a una oposición virulenta y a veces desleal de parte quienes hoy podrían estar reclamando haber propiciado en sus gobiernos las condiciones para hacer posible una salida negociada del conflicto.

También es justo reconocer a la actual dirigencia de las Farc por jugársela a fondo por la paz, en medio de un gran rechazo de parte de la sociedad colombiana, especialmente por sus acciones contra la población civil, el secuestro y la extorsión, su connivencia con el narcotráfico, la toma de pueblos y haber desarrollado la confrontación al margen del DIH. De ello, tendrán que rendir cuentas ante la Justicia Especial para la Paz. Gracias también a Henry Acosta Patiño por facilitar esta negociación y a Jean Arnault, jefe de la Misión de Naciones Unidas, por rodear de legitimidad internacional este proceso.

Este acuerdo ha implicado sacrificios institucionales proporcionales a la dimensión y extensión del conflicto, y los más significativos, en materia de justicia, condicionados a temporalidad y resultados en verdad y reparación, un desafío enorme para cerrar este proceso y no dejar heridas abiertas que permitan nuevas violencias. Los reclamos de justicia de quienes se oponen al acuerdo deben tomarse en serio.

La traición de Santos que el uribismo no perdona fue la de haber visto la tendencia de largo plazo y haber tenido la audacia de decir que, si bien podría haberse acabado con la guerrilla por la vía militar, el tiempo para ello y el costo en términos de vidas y de normalidad institucional era tanto que es preferible estas concesiones que no implican cambios profundos en el régimen y el sistema político.

Por supuesto que hay riesgos y quizás sea prematuro cantar victoria, al menos una victoria que nos permita hablar de una paz completa. Que habrá muchos atentados contra la paz, que el ELN busca subir sus pretensiones de cara a una negociación, que otros actores ilegales encontrarán en la debilidad del Estado un espacio para seguir generando zozobra, que seguirán matando líderes sociales, que los nostálgicos del conflicto agitarán sus banderas para hacer política con el fracaso de la paz, a lo cual le apostarán.

Todo eso puede pasar y está pasando, pero, aun así, debemos celebrar el fin de un conflicto que se alargó de manera injustificada más allá de los confines de la Guerra Fría.

@cuervoji

 

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