Por: Reinaldo Spitaletta

¿El fin de una “era”?

Hace algunos días, la revista Semana tituló un análisis periodístico como “El fin de una era”, para referirse al período presidencial de Álvaro Uribe.

De alguna manera, hay un envilecimiento del lenguaje porque una de las acepciones de “era” es un extenso período histórico “caracterizado por una gran innovación en las formas de vida y de cultura”.

Lo de “era” no cabe para caracterizar esta etapa que ahora se acerca a su final y que, pese al embrujo y a la utilización de medios de comunicación para asuntos de hipnotismo, ha sido un tiempo de infamias contra el pueblo colombiano y de abono para la politiquería y la corrupción, dos vicios que en su campaña electoral y reelectoral el mandatario prometió combatir.

En asuntos de promesas habría que recordar que en 2001, el aspirante Álvaro Uribe se oponía a cualquier forma de reelección y hay que ver cómo incumplió. Al final de cuentas, la “encrucijada” que tenía en su alma la puso a depender de la Corte, el pueblo y Dios. Y ya el resto de la historia es bien conocido. El caso del pueblo, es que aquí (también en otras partes) se le utiliza como rebaño, contra el cual se pueden cometer todos los desafueros. Con Dios –como es archisabido- suele pasar que se le invoca para lo bueno o lo malo, para la comisión de enormes crímenes o la hechura de milagros.

La Corte Constitucional, por su parte, ya emitió su fallo en derecho. Y cumplió con el rol para el cual fue creada.
Volviendo a lo de la era no correspondería denominar así estos tiempos de desastre, en los cuales se instauró una cultura mafiosa, la relación criminal entre paramilitares y políticos, la corrupción en todas las órbitas de la vida pública y, claro, un estilo politiquero. O si no, ¿qué fue, por ejemplo, el carácter de emboscada para montar un referendo reeleccionista, lleno de vicios y juego sucio? ¿O las trapisondas empleadas para el cambio de un “articulito”?.

Cómo decir, por ejemplo, que la yidispolítica haya sido parte de la pulcritud y la ética, o el cambio de votos por notarías sea toda una innovación en la cultura política. Cuáles fueron los aportes para que la mayoría de gente viviera con dignidad, tal vez un reparto o una feria de subsidios cuyos beneficiarios fueron los que apoyaron las campañas del Presidente.

Cómo llamar era un lapso de aumento del narcotráfico, de un lado, y de la miseria generalizada, del otro. Porque no se puede decir que hubo significativos avances sociales, cuando se incrementaron, por ejemplo, los desplazados (llamados eufemísticamente migrantes por algún paniaguado oficioso). O cuando el número de pobres creció y el de indigentes, también. ¿De qué era se habla entonces? No es ninguna innovación en las maneras de vida de la gente, cuando tenemos el desempleo más alto de América Latina, después de Haití. ¿O acaso los decretos de la emergencia social (calificada por muchos como emergencia criminal) son parte de esa innovación?  Ah, sí, se puede decir que se innovó el modo de favorecer a las EPS y dejar en el desamparo y la desesperación a los usuarios de las mismas.

Quizá tenga razón el escritor Fernando Vallejo cuando se refiere a estos tiempos en Colombia: “Lo que a mí me pasa a mí me pasa y no me animo a generalizar por un simple principio de honestidad que es del que carecen este presidentucho liliputiense y bellaco y su procurador vándalo Alejandro Ordóñez” (El Tiempo 07-III-2010).

Es posible que las innovaciones culturales y en las formas de vida tengan que ver con el DAS y su espionaje, con la penetración que de ese organismo hizo el paramilitarismo; con los falsos positivos o crímenes de estado; con la satanización de los opositores al pensamiento único, en fin, que el catálogo de atropellos es extenso.

Ha sido un tiempo de megalomanía, de creer que en ausencia del caudillo nada es posible y que todo será una hecatombe. Los que sí se han quedado sin su era para sembrar han sido miles de desterrados. Lo que la revista calificó como “era”, en rigor no es una era, sino un tiempo de sombras.

 

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