Por: Diana Castro Benetti
Itinerario

El fin del mundo

Cada tanto se acaba el mundo, el construido desde la costumbre y los hábitos. Muere cuando dormimos, muere cuando hay un adiós, muere cada segundo en que nos somos infieles. Mueren sus palabras, sus casas, sus pasiones. Muere el mundo construido con dulzuras y muere el mundo de la infamia. Todo desaparece, todo muere cada tanto.

Y es con esta muerte a cuestas que vamos transitando los siglos esperando un fin que, en últimas, tiene más de nostálgico que de verdadero. Navegamos por los ríos en las barcas del diluvio y nos hacemos ceniza para expurgar el miedo que nos recorre las venas. El mundo es finito, efímero y casi irreal. Por eso muere todos los días. Muere cuando ya no podemos querer más, muere cuando conocemos la traición y muere cuando acechamos lo que no nos pertenece. El mundo muere antes que nosotros, dirían los sabios. Y muere porque no existe aquello que pueda permanecer, ni ser poseído, ni ser eternidad. Cada día muere el sol, el instante y la nube. Movimiento constante, viaje de todos los días, itinerario desde lo profundo de cada célula. Transformación llena de silencios, como cuando nacen las arrugas.

Y todos los días de los siglos hay quienes alimentan miedos con presagios perversos, mensajes mentirosos y señales de las imbatibles fuerzas del mal que, en realidad, son las acciones de los más mezquinos investidos de poderes. Miedos que, pegados a las pieles, no quieren morir, porque de hacerlo se mueren con ellos la codicia, la sevicia y los privilegios. A veces, por épocas, cada milenio, cada tanto, conviene el fin del mundo. Se difunde por los megáfonos de turno y se encona en la psiquis en forma de un terrible miedo al negro, al amarillo, al grande, al rico, al pobre, a la túnica, al que canta, al que habla, al que suspira. Se ponen de moda los dogmas y las trompetas con los anuncios del acabose. Un fin manoseado que prohíbe los besos, la risa y la celebración. Un fin del mundo que es inhibición y come ignorancias para aumentar ventas, conseguir adeptos y enriquecer las arcas o las ideologías.

El tan cercano fin del mundo está atiborrado de pavor y de bestias, pero el mundo acaba muriendo más porque los eclipses ya no son noticia o bien porque ya ese día no hubo más que comer. El mundo muere cada tanto porque le huimos al que nos parece raro, feo, exótico, diferente. El mundo muere porque los cuerpos no se descubren o los sueños se guardan en el cajón. El mundo se nos muere cuando les damos la espalda a la compañía, la solidaridad y el respeto. Muere el mundo que construimos cuando nos pensamos mejores que la puta, el pirata, el ladrón y el viejo. Pero al fin del mundo hay que matarlo sin compasión. Asesinar el fin del mundo es poder ser, por fin, la libertad. Esa que cuando amanece recita un poema.

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2017-03-13T22:00:45-05:00

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El fin del mundo

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