Por: María Antonieta Solórzano

El fin no justifica los medios

La historia de la humanidad ha visto los horrores y crímenes que la incongruencia y el fanatismo han perpetrado. Esto, sin duda, ha sido una fuente de dolor y vergüenza en las sociedades y en las familias una vez que el velo sobre sus conciencias se desvanece.

Por ejemplo, durante la Edad Media  los cristianos creyentes en el perdón quemaron vivas a mujeres que consideraron brujas; a mediados del Siglo XX en el Holocausto, una nación que se considera recta, valiente y respetuosa, intenta el exterminio de una raza; y, antes, por mas de tres siglos, la sociedad occidental que se considera liberal y democrática, se autoriza a esclavizar personas de otro color.

Nada más peligroso para la vida y convivencia humana que la ceguera a la que nos induce  al fanatismo; a creernos dueños de una única verdad terrenal o espiritual y  considerar enemigos a todos aquellos que no participen de la misma visión; o a la incongruencia que invita a predicar, desde un sitio de autoridad, unos valores y a practicar los opuestos, sin siquiera notarlo. Pensando en esta dramática condición alguien afirmaba: yo prefiero ser incongruente a ser fanático.

A primera vista esta afirmación divertida suena razonable. Admite que para convivir es necesaria la flexibilidad y la tolerancia. Pero en nuestro medio, nos estamos volviendo fanáticos de la incongruencia. Vivir así ya no nos parece ni siquiera delicado sino que,  al contrario y, en virtud de la misma ceguera que caracteriza la incongruencia, se nos antoja normal.

En consecuencia, nos parece profundamente doloroso que nuestro país albergue, como producto del conflicto interno, el 10% de la población desplazada del mundo entero y, al mismo tiempo, alentamos ideas de venganza y justicia por la propia mano. Nos  aterramos con las historias de muerte que hay detrás de cada narcotraficante “exitoso”, pero ahorramos plata comprando barato en los negocios donde se lava el dinero. Nos parece triste que las familias se desintegren, pero usamos la crítica y el castigo como maneras de relación en la intimidad. ¿Será que podemos abrir los ojos y tener el valor para vivir de manera congruente?

Un padre de familia me decía: “Quería que mi hijo tuviera un buen futuro, que fuera un hombre responsable y autónomo, por eso fui estricto con el. Le exigí que se quedara en el mejor colegio, le indiqué la carrera que debía seguir, lo separé de una novia inconveniente. Y ahora no entiendo nada, con toda esa preparación, con un futuro brillante entre las manos, se encerró en una finca y no quiere hacer nada”.

Al parecer, nada más lógico y loable que escoger lo mejor para su hijo. Pero es incongruente buscar la autonomía y la responsabilidad por la vía de someter, obligar  o ignorar las preferencias del otro.

 Al detenerse en esta reflexión nuestro padre de familia explicó: “Me daba miedo que se equivocara y que después no tuviera con qué vivir. No me di cuenta de que él tenía un camino propio y que era él quien lo tenía que recorrer”.

El miedo tiene múltiples formas de nublar la visión. En esta oportunidad se manifestó como incongruencia autoritaria y convirtió a este padre protector en un tirano. Así, desde el afán de controlar el futuro del  hijo, sólo consiguió que este negara todos sus anhelos y finalmente se abandonara en una protesta pasiva.

Y es que cada vez que traicionamos los valores que predicamos, las consecuencias se devolverán sobre nosotros destruyendo lo que pretendimos crear. Es incongruente ordenar la espontaneidad, obligar la libertad, comprar la honradez, sobornar la transparencia, acariciar golpeando.

Sólo podremos salir de la ceguera a la que nos condena la incongruencia cuando el valor reemplace el miedo, cuando el fin no justifique los medios, cuando con firmeza abandonemos cualquier forma de autotraición que parezca una vía rápida hacia nuestras metas.

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