Por: Juan David Ochoa

El fiscal y las nubes

Fatou Bensouda, fiscal de la Corte Penal Internacional, madura en contextos de guerra y putrefacción política por sus pasos como fiscal del Tribunal Penal Internacional para Ruanda, llegó a Colombia el pasado 10 de septiembre mientras tronaban todavía las estelas en el aire del avión del papa Francisco, que se despedía para siempre de la multitud que lo siguió durante cuatro días bajo la hipnosis de un mito.

La fiscal jefe de la corte que tiene como principio investigar crímenes de lesa humanidad, genocidios o todo tipo de excesos en cualquiera de las guerras de este mundo hecho de sangre y pólvora llegó con una agenda especial sobre cinco puntos concretos: ejecuciones extrajudiciales (o los llamados ya frívolamente por el lugar común y la costumbre: falsos positivos), delitos sexuales, desplazamiento forzado, responsabilidad de mando y reclutamiento de menores. Se reunió con el presidente Santos, con el ministro de Justicia Enrique Gil Botero, con la canciller Holguín, con el vicepresidente Naranjo, con Yesid Reyes, con Sergio Jaramillo, con Mónica Cifuentes y, por supuesto, con el supremo y todopoderoso fiscal general, Néstor Humberto Martínez Neira, quien le entregaría todos los detalles investigativos de la turbiedad sobre los casos más polémicos por su eterna permanencia entre las nubes de la abstracción sin nombres propios, pero no lo hizo. Con la fiscal jefe de la Corte Penal Internacional también jugó con los vericuetos y las sombras de un lenguaje técnico pero abierto a todos los vientos de la retórica y la poética de las abstracciones humanas. Le hizo la misma media verónica que perfeccionó en sus años de súperministro y jefe supremo de bufete de abogados Ltda., con la que ha sabido enfrentar entrevistas repentinas y preguntas incómodas sin perturbar un solo movimiento de su gestualidad profesional.

Después de un diálogo diplomático y de un par de sonrisas metódicas de abogado ilustre, Néstor Humberto despidió a la fiscal, y ante los medios pronunció otra frase de cajón retórica para los titulares frescos: “Se estrecharon lazos de cooperación entre ambas instancias”. Una apreciación que lo dice todo y lo pone en duda a la vez por su milímetro de profundidad.  Sin embargo, Fatou Bensouda no dudó un segundo en afirmar que el fiscal general de Colombia no le había entregado nada: “Le hemos pedido al fiscal información muy precisa y no la hemos recibido”, lo dijo así, sin amabilidades inútiles de diplomacias amañadas, sin retórica y sin nubes. La fiscal jefe de la Corte Penal Internacional vino a Colombia a perder el tiempo y la paciencia, puesto que vuelve a irse con la misma información con la que llegó: que en este país han pasado cosas raras y oscuras, dirigidas por fuerzas más oscuras aún desde balcones de nubes y niebla que nadie ha podido ver nunca por el resplandor de un sol que lo vigilia todo y lo enceguece con sus brillos de astro inamovible. Que aquí hay un siglo perdido por apellidos institucionales y pactos que se hicieron más allá de la bruma, y que los muertos no tienen nombre aún como sus asesinos, porque en los últimos rincones de la Fiscalía General siguen buscando los papeles que tienen la revelación y el misterio resuelto.

Cuando aparezcan, la mandarán a llamar para contarle que la autoría real detrás de todas las matanzas tiene nombre propio y se llama así junto a los nombres propios de sus cómplices, aunque nadie lo crea: la mano negra y sus esbirros. 

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