Por: María Elvira Bonilla

El fracaso del padre controlador

EL EXPRESIDENTE ÁLVARO URIBE HIzo de la microgerencia su caballito de batalla para gobernar.

Se convirtió en una suerte de Espíritu Santo que estaba en todas partes en un mismo día. Siempre con su presencia vigilante, con la mirada inquisidora del padre controlador. En los Consejos comunitarios con su memoria inderrotable, cargado de cifras y de datos, de nombres de lugares y de personas, pasaba al tablero funcionarios públicos y políticos locales.

En su afán por obtener resultados, sin tregua y en tiempo real, implementó la mala costumbre de saltarse los conductos regulares y recurrir a los mandos medios para obtener información, por encima de sus jefes, aún en circunstancias tan complicadas como las que se viven en los escenarios militares en un país en conflicto. Llamaba a los oficiales a informarse del detalle de las operaciones, de la minucia del combate, de las bajas, del realidad de la guerra en el terreno. Logró generar ante la opinión que era el gobernante responsable de cuanto sucedía en el país. Siempre en la jugada, siempre respondiendo. Y en todos los terrenos, no sólo en el militar. El resultado fue la desinstitucionalización de la estructura del Estado, con lo que acentuaba su personalísimo egocéntrico, teñido de mesianismo. No en vano se llegó a decir que él no tenía ministros sino viceministros.

Uribe se proyectó como el gobernante del detalle, de la minucia. El rey de la microgerencia pública. El que lo sabía todo. El que controlaba el movimiento de las moscas no sólo en los pasillos de la Casa de Nariño sino en las distintas oficinas públicas. Se pregunta uno ahora, cuando cada semana se destapa un nuevo escándalo de corrupción, ¿qué pasó?

¿No se enteró de cómo estaban organizando desde el Ministerio del Interior los votos para asegurar el trámite de la reforma constitucional que lo habilitaría para ser reelegido? ¿Ni tampoco que desde las oficinas inmediatas a la suya se orquestaba el plan de interceptación de llamadas telefónicas para obtener información e intimidar a magistrados y opositores a su gobierno? ¿O que subalternos suyos estaban en connivencia con los ingenieros contratistas que han protagonizado uno de los mayores escándalos de corrupción que se recuerden?  ¿Ni supo del destino que en la Dirección Nacional de Estupefacientes estaban tomando los bienes incautados a la mafia, a muchos de los extraditados en su gobierno? ¿Ni en manos de quiénes habían ido a parar los subsidios de AIS? ¿Ni qué pasaba con los recursos de Fondelibertad, desde donde se debía apoyar el avance de una de sus obsesiones: la lucha contra el secuestro? Pero algo aún peor: ¿no se percató de la manguala que tenían armada y que se afinó durante su segundo periodo presidencial, entre altos funcionarios del Ministerio de la Protección y las Empresas Prestadoras de Salud, para desfalcar al Estado, robarse los dineros destinados a garantizarles salud y protección a los ciudadanos más desprotegidos y convertir el Fosyga en una vena rota, como en efecto lo lograron? ¡Y de qué manera!

¿Qué pasó con la cacareada microgerencia pública? ¿Qué pasó con ese padre controlador que estaba encima de cada movimiento, de cada decisión? Será que todo sucedió a sus espaldas, que es la manera como siempre se disculpan los gobernantes cuando son cuestionados.

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