Por: Daniel Emilio Rojas Castro

El Frente Nacional en las departamentales francesas

El triunfo del Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen en las elecciones departamentales francesas del mes pasado confirmó la implantación del partido a nivel nacional. El escrutinio arrojó 5’142.177 voces a su favor (1’578.113 más que en el 2004, lo que equivale a un incremento del 44%).

Desde el anuncio de los resultados, la Unión por un movimiento popular (UMP) de Nicolas Sarkozy ha venido sosteniendo que el FN y el Partido de izquierda (PG) de Jean-Luc Mélenchon comparten el mismo programa social y económico (una comparación que se aplica a los partidos radicales en Francia desde, por lo menos, la década de los treinta).

El UMP tiene varios motivos para servirse de esa táctica publicitaria. El primero es detener la deserción de las filas sarkozistas al FN, que ya contaba con algunos antecedentes, pero que se intensificó a raíz de un escándalo de corrupción en febrero pasado, que involucró al presidente del UMP y a una agencia de publicidad política por la sobrefacturación de 17 millones de euros en la campaña presidencial de 2012 (escandalo Bygmalion). Otro es convencer a los votantes indecisos de la derecha de desechar la opción lepenista y apoyar al UMP en las elecciones regionales de diciembre y en las presidenciales de 2017. A esto se suma la necesidad de atacar al PG —y con ello a toda la izquierda radical— sirviéndose de las convergencias programáticas que tiene con el FN.

El FN ha evolucionado mucho en el plano económico y social. La estrategia de Marine Le Pen ha consistido en borrar la imagen mediática de partido de ‘extrema derecha’, xenófobo y antisemita, que impidió a su padre Jean-Marie Le Pen conquistar la presidencia contra J. Chirac en el 2002. Favorable a la pensión a los 60 años, a una mayor progresividad tributaria y a las nacionalizaciones temporales de varias empresas, el FN comparte con la izquierda radical la oposición a la política económica de la Unión Europea (UE) y la aversión contra una élite acomodada y desentendida de los problemas cotidianos de los Franceses.

Sin embargo, a pesar de los señalamientos del UMP, convergencia programática no implica similitud ideológica. La preferencia nacionalista del FN (opuesta a cualquier proyecto de gobierno supranacional) y su oposición al derecho del suelo (que otorga la nacionalidad a toda persona nacida en el territorio francés) lo oponen a casi todas las organizaciones de izquierda, e incluso a todo el espectro de la centro-derecha. A pesar de su crítica a la UE, el PG no se opone a la existencia de un gobierno europeo y Mélenchon asegura que el futuro de Francia está en el mestizaje con otros pueblos del planeta. Eso sería inimaginable para cualquier político del FN.

El resultado electoral del FN muestra que este partido ya no se reduce a un fenómeno local que reúne a un puñado de nacionalistas de la periferia urbana y del mundo rural. Más allá de las comparaciones que puedan realizarse entre el FN y los partidos de la izquierda radical para satisfacer los réditos electorales de partidos como el UMP, el aumento progresivo del electorado lepenista ilustra las dificultades a las que se enfrenta una sociedad que vive el multiculturalismo a pequeñas dosis y que continúa concibiendo a la nación como una entidad étnicamente homogénea.

 

 

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