El fuego catalán no es el fuego chileno

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En las últimas semanas el protagonista en las noticias internacionales ha sido el fuego. Ardió Quito, ardió Santiago de Chile, ardió o está a punto de arder La Paz. También ardió Barcelona. Pero las llamas que aclararon las noches barcelonesas fueron muy distintas. A diferencia de las protestas latinoamericanas, en la capital catalana no eran los sin poder quienes le mostraban su inconformidad al poder. Allí no se trataba de indígenas protestando por subidas de precios, no eran opositores denunciando un fraude electoral, no eran ciudadanos exigiendo un tris de igualdad en el reparto de la riqueza. Nada de eso. En Barcelona era el poder rebelándose contra el poder, era el poder animando una rebelión que después el mismo poder tenía que sofocar, eran los ricos y los gobernantes impulsando una revolución contra los pobres y quienes no acceden a los cargos públicos: a este nivel de esquizofrenia ha llegado el proceso independentista catalán.

O, mejor, ese es el nivel de esquizofrenia al que conduce el nacionalismo, porque tal vez no hay una ideología que distorsione la realidad con tanta fuerza y con tanta efectividad emotiva como esta. El nacionalismo impone un destino colectivo a un conjunto humano: la vindicación, la grandeza, la emancipación. Siempre son palabras grandes que marcan el destino y asignan una misión titánica. Por eso el nacionalismo requiere unanimidad absoluta. Nadie puede desviarse del objetivo trazado; nadie puede disentir, ni bajar los brazos y mucho menos convertirse en un agente conflictivo.

No es otra la razón por la cual los nacionalismos han aborrecido el marxismo y el comunismo. La lucha de clases es el agente más perturbador imaginable dentro de un cuerpo social que exige armonía. Se observa con mucha claridad en la cultura. Los nacionalismos celebraban la exaltación plástica del pueblo, de los oprimidos y de las víctimas, mientras condenaban el arte internacionalista por excelencia: la abstracción geométrica y el arte concreto, dos estilos que al menos en Argentina y Brasil fueron desarrollados por inmigrantes, judíos y comunistas. Podrá ser popular y hasta revolucionario, pero el nacionalismo jamás será de izquierdas, porque la izquierda se desnaturaliza sin el principio de igualdad. Y la igualdad es un valor expansivo. Tumba las cercas para que cualquier persona, independientemente de su condición, pueda reclamar los mismos derechos.

Las grandes palabras… Para mantenerlas al rojo vivo, el nacionalismo suele recurrir a viejos agravios. Los dos países más nacionalistas de América Latina, Bolivia y Paraguay, son también los que más guerras han perdido en su historia republicana. Pero a veces no hay tal agravio, o de haberlo no afecta el presente, y entonces hay que manosear la historia. El pasado es maleable y puede adaptarse a las exigencias de quien gobierna. Puede reescribirse con otro marco, puede amasarse otra vez para crear un relato nuevo lleno de heridas y rencores. La mejor manera de racionalizar las exclusiones y las fronteras pasa por pintarle cara de malvado rancio a quien se quiere lejos. También es la mejor forma de esconder un sentimiento impronunciable, ese que empieza por xeno y termina por fobia, ese que quien excluye, niega derechos o pone fronteras en nombre de esas grandes palabras jamás reconocerá sentir.

 

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