Por: Oscar Guardiola-Rivera

El fuego que viene

En esta época de fuego, en la que predomina la sospecha respecto de todo aquello que parezca venir de fuera, alguien debería escribir una memoria de nosotros. Quienes venimos de fuera. Quienes no brotamos puros del polvo en este o aquel lugar. Quienes hemos llegado aquí provenientes de la tierra de  la niñez y los ancestros. Desde entonces, no cesan de recordarnos que no pertenecemos aquí.

Al tiempo, las tierras de nuestros ancestros y nuestra ninez ha sido ocupada o vendida al mejor postor, y lo había sido desde el comienzo. Así que tampoco pertenecemos allí. Escapando del saqueo, el desplazamiento forzado y la pobreza, llegamos aquí. Hemos venido a aquí, para ser de aquí. Pero, ¿dónde es aquí cuando constantemente nos dicen que no pertenecemos a ninguna parte?

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Ni de aquí, ni de allá. La conclusión inescapable es que nuestra condición y nuestra ruta histórica es el enredo, la maraña. En efecto, no soy de aquí, pero como dice la canción, tú tampoco. Pues la vida es una ruta histórica en la cual los eventos y los afectos se suceden unos a otros formando una larga cadena de encuentros y transmisiones.

“Cada acto asume los otros y transmite todo ello a los actos que le suceden”, dice el filósofo. Como sucede en la filosofía y en la vida, así también en el juego y el teatro. Los actos tienen lugar y se dispersan en varias direcciones, formando rutas históricas que a primera vista parecen independientes. Las perspectivas se multiplican, mostrando la pluralidad de los tiempos que las componen.

Pero no podemos escapar la impresión de que se trata de materias que atañen también a una realidad fundamental y duradera: una vida, la misma persona. No se trata de que estemos obligados a elegir entre la unidad y la pluralidad, lo particular y el universal. De una parte, sentimos que la tiranía de lo particular nos aplasta: el “nosotros” contra “ellos” de los nacionalismos y populismos de derechas que culpan al inmigrante o al otro como Brexit, Trump y Bolsonaro.

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De la otra, los varios giros descoloniales llevan tiempo denunciando el parroquialismo de quienes han reclamado para sí la posición del universal, y sin embargo percibimos también las limitaciones de tales denuncias cuando se trata de construir solidaridad popular, transnacional y cosmopolítica. Sobre todo si se trata de combatir el universalismo y la memoria de un Destino Manifiesto que restauraría el pasado como fantasean Trump, Bolsonaro y sus títeres entre nosotros.

Cabe recordar entonces que ningún acto del pasado provee una razón suficiente para ser transmitido o heredado de esta o aquella manera. Ningún hábito de orden establece de manera absoluta una conexión necesaria entre lugares y actos heterogéneos. Bienvenido lo de afuera y lo inesperado. La historia no ha terminado.  “Dicen que la historia se repite dos veces,” observa el filósofo, “pero la historia tan sólo  su historia (his story). Ustedes aún no han escuchado la mía”.

 

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