Por: María Elvira Bonilla

El fuera de lugar de Mockus

La figura de Antanas Mockus irrumpió y se abrió espacio en la vida pública colombiana gracias a su originalidad y capacidad de trascender con gestos al discurso político convencional.

Desde su aparición ya hace 25 años, primero como rector de la Universidad Nacional y luego como alcalde de Bogotá, sorprendió en 2001 cuando se presentó con una pirinola que decía en sus costados “Todos ponen”, ha logrado comunicarse a través de símbolos, actitudes y comportamientos un tanto subliminales con los que siempre busca dejar un saldo pedagógico. Mockus ha sido efectivo y pionero con conceptos como el de cultura ciudadana, que consiguió, en buena hora, capitalizar políticamente.

Cuando lideró la Ola Verde en la campaña presidencial de 2010, que movilizó cientos de miles de ciudadanos entusiastas que buscaban una alternativa a la política tradicional, Mockus aparecía en la tarima acompañado de Lucho Garzón y Enrique Peñalosa como si se tratara de un tótem. Una figura sagrada frente a la que los seguidores se planteaban casi que con respeto reverencial. Escueto con las palabras, apartado de toda retórica, logró hacer de los silencios y las pausas efectivos aliados comunicacionales. Era sorprendente. Pero sin duda todo giraba alrededor de la figura de Antanas, convertido en el símbolo de la antipolítica.

De allí que cuando tuvo que someterse al formato esquemático y discursivo de las campañas presidenciales con sus atropellados debates televisivos cargados de cinismo promesero, la fuerza de su presencia se disolvió. Resuena aún el eco de la manera ofensiva y desapacible con que el contrincante Juan Manuel Santos trataba de apabullarlo burlescamente denominándolo, por recomendación del nefasto JJ Rendón, profesor Mockus. Sí, Santos, el mismo que hoy no se ahorra en halagos porque Antanas le resulta funcional a sus propósitos.

El profesor Mockus perdió las elecciones presidenciales, pero su representación simbólica quedó intacta. Cuando aparece públicamente llega cargado de significados y renovados valores, asociados al juego limpio, a la transparencia, en contraposición al atajo, el ventajismo, la trampa o las transacciones para obtener resultados. Esa ha sido su fuerza.

De allí que las revelaciones sobre los contratos que ha firmado el Fondo para la Paz de la Presidencia con múltiples entidades, entre las que apareció con un importante monto la Corporación Visionarios que fundó y preside Mockus, suscitaran, como él mismo reconoce, que la gente malpensara. “La piedra mía es que caímos en algo que habíamos prevenido en muchos casos. (…) El mal pensamiento es el problema más grave de Colombia”, dice en una entrevista a la revista Semana.

En vez de aparecer con explicaciones forzadas e intentar colocar la responsabilidad en los otros —los que malpiensan—, Mockus ha debido aprovechar pedagógicamente este, innegable, fuera de lugar. Aquí, como en cualquier conducta humana, caben enseñanzas y aprendizajes. Uno de ellos es que más vale contar toda la verdad antes de que sea ésta descubierta, sobre todo cuando está presente el vil metal. Y más cuando se está en causas tan nobles como la de la paz. Comportamientos erráticos y poco transparentes como éste alimentan el mal pensamiento, es decir, la suspicacia, que cuando se dispara vulnera aquello que Mockus ha defendido con tanto esmero: la confianza. La convocatoria a la marcha por la vida del 8 de marzo ya no será la misma. Y Mockus lo sabe.

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