Por: Juan David Zuloaga D.

El fundamento del poder político

Ha vuelto, desde hace meses, a cobrar vigencia en el país un debate antiguo: el de la fundamentación del poder político.

Atalaya

En la Edad Media el fundamento del poder político era la justicia, pues gobernar significaba entonces administrar justicia o, si se prefiere, administrar el poder con justicia. Derivaba esta idea de la tesis —que tiene su origen en la filosofía política de san Pablo— de que el rey era el vicario de Cristo en la tierra. Para los teóricos de la Edad Media la labor principal de los gobernantes estaba definida por la consecución y el sostenimiento de la justicia, pues se creía que allí donde reinaba la justicia había paz.

En la Edad Moderna, en cambio, la paz vino a ser fundamento y bastión del poder político. Por causa de las guerras de religión que la reforma protestante desencadenó fue menester buscar un dominio neutro que sirviera, si no para que reinara la unanimidad, al menos para lograr unos mínimos de entendimiento que permitieran una convivencia más o menos pacífica entre los países y, sobre todo, en el interior de los mismos.

Y como las cuestiones de la filosofía regresan a la historia del pensamiento con trajes nuevos, han vuelto a aparecer en la escena política nacional categorías de viejo cuño y un debate antiguo a regir la discusión teórica y política de nuestros días. Hoy se discute, en ocasiones con más apasionamiento que seriedad, si el principio rector del poder político —ahora a la luz de los diálogos de paz con el grupo guerrillero de las Farc— debe ser la justicia o la paz, y buena parte de la polarización que vive el país se deriva de la postura que se toma en el debate. Ocurre, no obstante, que la facción que esgrime como estandarte el principio de la justicia no siempre se muestra honesta con sus creencias ni consecuente con su actuar. Máxime si se tiene en cuenta que no ha mucho eran los abanderados del principio antagónico: el de la paz.

A mí el debate me sigue pareciendo de importancia radical, pues buena parte del destino político del país dependerá de la respuesta que se le dé a cuestión tan difícil y definitoria. Es evidente que, en Colombia, cada quien tiene ya una respuesta; es decir, cada quien ha tomado partido, aun cuando no sea más que de manera tácita. Y me parece bien y ello muestra la centralidad de tal discusión, y muestra también la manera sutil en la que la teoría labra y configura el destino de las naciones. Yo simplemente quisiera añadir que lograr la paz es también una forma de administrar justicia. Y no me parece la más indigna ni la menos bella de todas.

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