Por: Humberto de la Calle

El fútbol: manantial de valores

Escarbando en las reglas del fútbol, uno descubre profundas enseñanzas en la ética pública.

Ley de la Ventaja: La ofensa no puede favorecer en ningún caso al agresor. El árbitro, en vez de suspender el juego para cobrar la falta, permite que el equipo que ha sido víctima continúe jugando. La ley de ventaja tiene profundas raíces morales. Se conecta con el viejo aforismo romano: nadie puede alegar en su favor su propia culpa. Se relaciona también con el principio de la buena fe. Se ha vuelto costumbre que abogados o procesados falten a las audiencias en la Fiscalía para demorar el proceso. Aplicar la ley de la ventaja por favor. Que el juicio siga. Y rápido.

De aquí surge una norma consuetudinaria. El fair play. Si hay un jugador lesionado, se saca la bola del campo para permitir que sea atendido. Pero también de allí se deriva el principio capital del derecho internacional: la reciprocidad. Al comenzar de nuevo el juego, el equipo favorecido lanza a su vez la bola afuera para retribuir. Todo el derecho internacional se basa en esto.

La ley de la doble tarjeta amarilla (que se convierte en tarjeta roja) es una invitación a la reflexión sobre las consecuencias de las doctrinas penales excesivamente dogmáticas. Para éstas, no importa la peligrosidad, la intención. Sólo se castigan conductas típicas. En cambio, aquí el castigo tiene un escalonamiento preventivo. Cada tarjeta amarilla, por sí sola, no da expulsión, pero sí la suma. Protege el juego, defiende el espectador y defiende al contrario.

Una regla esencial: el off-side. No al aventurerismo personal. El éxito viene del trabajo en equipo.

El fútbol afronta un tema crucial en el derecho: la evaluación de la intención. Ha habido un vaivén en la ciencia jurídica: a veces va a lo objetivo como en ciertos daños ecológicos. El que poluciona paga. A veces se mueve hacia la intención. En la mano, las reglas privilegiaban la intención y dejaban un amplio margen a la valoración por parte del árbitro. Ahora en la Copa América vimos un regreso a lo objetivo.

Mirando las barras eufóricas alentando a sus países, piensa uno que la pretendida muerte de los Estados nacionales no está tan cerca. Pero el mensaje es que el sentimiento nacional puede convivir con reglas y justicia trasnacional. Por cierto, en la final del Mundial femenino, la homogeneidad de los holandeses era visible, frente a ese crisol racial que es Estados Unidos. Ojalá Trump no se tire esta sociedad ejemplar en tantos aspectos.

El VAR ha contribuido a aliviar la carga sobre el juez. El VAR es un paso adelante en el Estado de derecho. Cada día más la arbitrariedad y la discrecionalidad ceden terreno. Lástima que vayamos al revés en estos andurriales. El llamado Estado de opinión, aunque se viste de oveja para apelar de manera ficticia a la opinión de todos, en verdad crea una ilusión para que prime la voz del pastor. Es una aparente democracia del pueblo, pero sin pueblo.

Cola: nada más irritante que la prepotencia de los fiesteros que no dejan dormir. Es una violación del deber la convivencia. Es un flagrante irrespeto. En la mata de la democracia, la policía actúa e impide el desafuero. Exigir decisión judicial es irrisorio. Perdón, Corte Constitucional.

 

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