Por: Reinaldo Spitaletta

El fútbol, ¿un orgasmo universal?

Quizá ya se haya dicho todo sobre el fútbol: nuevo opio de los pueblos, estupefaciente, negocio universal de las transnacionales, alienador de espíritus, la inteligencia en movimiento, la dinámica de lo impensado… y de ahí hasta el infinito. Quizá el fútbol, que hace babear a marcianos y venusinos, ya no tenga la poesía del potrero ni la estética que fue, por ejemplo, elemento de identidad de aquel Brasil de 1970, ni la incertidumbre de la genialidad en una gambeta de Garrincha, pero sigue ejerciendo un hechizo feroz en el espectador.

Y digo espectador, como aquel que se ha robotizado. Vuelto alguien que ve, no que practica. Inmóvil (bueno, de vez en cuando brinca) frente a la pantalla, se torna como una suerte de personaje de Fahrenheit 451. O como dicen algunos psicólogos y comunicólogos, un sintonizador con respuestas zombi-pavlovianas, con una mezcla extraña de narcótico y narcisismo. El gladiador en la arena transmite energía, coraje, fuerza, sensaciones de estar a salvo, asuntos que para el espectador son solo eso: emociones. El espectador no puede definir nada por sí mismo. Es un dependiente.

El fútbol, que desde la perspectiva del espectáculo, es una fiebre a cuarenta grados, que hace desvariar al seguidor, estimula los falsos nacionalismos, aquellos fundamentados en una presunta superioridad, o en vulgares emotividades conectadas con himnos y banderas (símbolos patrios), pero que no llevan, por ejemplo, a reconocer, en caso de que los haya, a los enemigos reales de los pueblos, ni a los que producen tantas miserias en ellos.

Desde la óptica del espectáculo, el fútbol, hoy uno de los negocios más lucrativos del planeta, produce un estado de narcolepsia mientras se está frente a la pantalla (o en la tribuna). Se suspende en el observador toda racionalidad y se torna masa, alguien pleno de frenesí pero carente de individualidad. Además, como si se tratara de un feligrés, el espectador es alguien que hace parte de un rebaño. Un sometido. Obediente y manipulable, cree en esa ficción de igualdad que promueve el ritual deportivo.

Hay pueblos que, al carecer de héroes, de una historia de grandes conquistas del espíritu, solo tienen para imitar (más que imitación, adoración) a sus deportistas. Porque los líderes políticos no son más que escoria, que a su vez, puede utilizar el fútbol como mampara, como populismo barato, o como una suerte de cortina de humo, tal como sucedió, por ejemplo, en el Mundial de 1978, en Argentina, cuando la dictadura militar desaparecía contradictores y arrojaba al río de la Plata los cadáveres de decenas de opositores, mientras Videla y compañía cantaban los goles de Kempes en el Monumental.

Hoy, cuando el fútbol es menos una posibilidad estética que una rígida muestra de tácticas y estrategias, no hay gente que vaya detrás de un encuentro por ver en juego la imaginación y la creatividad, sino más bien para dedicarse al desfogue del gol, a ver en su divisa futbolera una entidad ganadora, superior e invencible. Quizá, en el caso de las selecciones, el espectador o el hincha mira en su país una gloria mundial, aunque por dentro no sea más que un pueblo sometido a las injusticias y las inequidades sociales. Son las enajenaciones que produce el juego.

El espectador es un consumidor. Está programado, sobre todo por los medios masivos de comunicación, para ser un receptor que debe moverse al vaivén de una ola de estadio. Es alguien que, como los chauvinistas, cae en dogmatismos. En él no hay lugar para la duda sino para la verdad revelada por un equipo. Y ese conjunto puede convertirse en el único sueño, la única posibilidad de vida; qué importa la realidad, si en noventa minutos puedo tocar el cielo, o, como también ocurre, quemarme en las llamas de un infierno: el de la derrota.

El fútbol, que puede ser una droga paralizante, o, según se le mire, parte de la historia de la estupidez, o de las grandes gestas humanas, es, en tiempos de Mundial, una fiesta con ribetes trágicos, y en la que, como hubiera dicho Pasolini, el goleador puede convertirse en el poeta de un pueblo, capaz de provocar un orgasmo colectivo. Incluso en días como estos en los que el fútbol ya dejó de ser un juego poético, para trastocarse en un negocio prosaico, con muchos euros y dólares girando alrededor del balón.
 

 

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