Por: Columnista invitado

El fútbol y la suerte: de nuestro lado

Por muchos años reclamamos suerte. Renegar del destino hizo parte de la idiosincrasia colombiana y hasta fue requisito de ingreso a círculos sociales. El autogol de Andrés Escobar, el enganche de Higuita contra Roger Milla, un penalti fallido de Falcao en una Copa América, tres Mundiales seguidos sin clasificar y hasta un puño de Bolillo Gómez que lo sacó de la selección. En fin: el negativismo se convirtió en nuestro mecanismo de defensa y cada decepción nos invitó a la incredulidad en los últimos minutos de los partidos y al nerviosismo en los ataques rivales.

Pero Pékerman, sin quererlo, nos cambió la mentalidad progresivamente desde que llegó en 2012, cuando encontró un equipo desanimado por un error de Luis Amaranto Perea contra Venezuela y de Yepes y Ospina frente a Argentina. Pero con José, la selección de Colombia volvió a encantar y —no hay forma de explicarlo— empezó a inclinar la suerte a su favor. El sábado, por ejemplo, Gekas estrelló un balón contra el palo a pesar de cabecear debajo del arco. Además de que la mayoría en la selección sobresalió en el debut contra Grecia (en especial los centrales), también hubo esa pequeña dosis de suerte, para impedir que a esa altura del juego el rival descontara y aumentara la adrenalina.

Y esa situación del sábado no fue inédita. Desde 2013, a la selección de Colombia le han rematado nueve veces en el palo. Los últimos habían sido de Lukaku y de Fellaini contra Bélgica y de Van der Vaart ante Holanda. Además, Walter Ayoví botó un penalti en el juego Colombia-Ecuador en Barranquilla. Y si retrocedemos más, es necesario recordar el juego contra Argentina en Buenos Aires, donde Perea pateó sin culpa con dirección a su propio arco y David Ospina, que pasaba por ahí, manoteó para preservar el 0-0 que finalmente se dio. En 24 partidos jugados, el equipo de Pékerman ha recibido 14 goles y no unos cuantos más gracias a factores externos.

Y no es que esta selección sea buena por puras coincidencias del destino, porque el fútbol le sobra. Pero nada nos cuesta reconocer los efectos de la suerte, una aliada que hace rato estamos disfrutando en su máximo esplendor. Eso sí, ojalá a ningún folclórico le dé por decir que tenemos suerte de campeón.

 

*Juan Diego Ramírez

 

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