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hace 2 horas
Por: Jorge Iván Cuervo R.

El fútbol ya no es lo que era

El fútbol profesional colombiano dejó de ser una actividad que suscitaba alegrías y construía identidades para convertirse en un espacio para el lucro excesivo de unos pocos – jugadores estrellas, intermediarios y directivos –, y la glorificación de la violencia de otros.

El efecto globalización que aprovechó la FIFA para sustraer el fútbol del control de los Estados hizo del llamado planeta fútbol una tierra de nadie, y una de las actividades señaladas por las autoridades financieras internacionales como proclives al lavado de activos y, en el caso colombiano, al refugio solapado de dineros del narcotráfico y de otras actividades nonc sanctas.

El fútbol ya no es lo que era. En Colombia hay varios equipos fachada, que son un papel en la Dimayor,  sin hinchada, y otros con hinchadas históricas pero cuyos equipos han sido usurpados por mercaderes como Hernando Ángel en el Quindío o Álvaro López en el Pereira, o Eduardo Pimentel en el Chicó, quien como directivo ha negado todos los derechos que siempre defendió como jugador, y ahora se escuda en la matonería verbal para defender sus posturas. 

En este contexto de desorden, búsqueda de lucro y artificio institucional se inscribe el tema de la violencia alrededor del futbol, fenómeno que no ha sido suficientemente comprendido. El fútbol es sólo una excusa, pero brinda el escenario de identidad y de pertenencia para que jóvenes marginalizados, sin un futuro cierto, desahoguen su frustración e incluso les sea rentable, gracias al auspicio de los propios equipos. Es mucho lo que las autoridades y la Dimayor deben invertir en comprender que hay detrás del hecho de que un joven apuñale a otro por llevar una camiseta del equipo contrario, incluso develando los vasos comunicantes de algunas barras con organizaciones criminales que controlan el micro tráfico en las ciudades.

En la rivalidad del fútbol como en ningún otro deporte, se exacerba el odio al contrario, y no es raro ver que un hincha disfruta más de la derrota de su enemigo que los triunfos de su propio equipo. Eso en el contexto de una sociedad donde la vida no vale nada, es un coctel explosivo.

El fútbol profesional es una actividad privada de interés público. Eso implica que quienes arman el negocio, en este caso la Dimayor y los clubes tienen que garantizar que alrededor de ese espectáculo no va a haber violencia. El gobierno nacional tiene que liderar la construcción de una política pública que vaya más allá de la penalización contenida en la ley de seguridad ciudadana. La suspensión de partidos resuelve el tema del día pero deja por fuera las medidas de fondo como es el de recuperar el sentido de fiesta e inclusión que tiene un partido de fútbol. Por eso, los partidos sin hinchada visitante tampoco son la solución, y por el contrario agudizan la exclusión que está en la base de la cadena de violencia social alrededor del fútbol. 

El futbol puede que en muchos de nosotros siga siendo ese regreso semanal a la infancia de la que habla Juan Villoro, pero no nos digamos mentiras: en realidad es un negocio de unos pocos y el escenario simbólico para desahogar las frustraciones de otros tantos.

@Cuervoji

 

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