Por: Santiago Montenegro

El futuro de China

Dentro de las élites políticas, militares y académicas de China hay un debate sobre las fuentes del desarrollo del país.

¿Es y deberá fundamentarse el desarrollo de ese inmenso país en su excepcionalismo, en sus condiciones propias, en sus valores e historia de cinco mil años? ¿O el desarrollo extraordinario de las últimas tres o cuatro décadas es la consecuencia de su apertura al mundo y la adopción de valores considerados universales que es imprescindible mantener e incluso incrementar hasta, por ejemplo, adoptar plenamente la democracia liberal? Seis años después de mi primera visita, al volver a China trato de imaginarme hacia qué lado de esa balanza se inclinará la respuesta que darán los gobernantes chinos, respuesta que afectará no sólo a este país gigantesco, sino a todo el mundo.

La impresión sensorial es la de un país que sustenta su extraordinario crecimiento económico y el mejoramiento del nivel de vida sobre una vibrante economía capitalista y sobre muchos valores occidentales. Visualmente, todo eso se constata en el fastuoso aeropuerto de Beijing, en más y más altos rascacielos en Beijing y Shanghái, en la red de autopistas, en el recién inaugurado tren bala entre Beijing y Shanghái, en la Villa Olímpica, en la congestión del tráfico, en los Lamborghinis y Ferraris que difícilmente se ven en Londres y Nueva York, en las tiendas de superlujo o en las carteras Louis Vuitton y los relojes Rolex que lucen orgullosos jóvenes. A veces da la impresión de una sociedad orientada a copiar e incluso a sobrepasar el exceso consumista de Occidente, lo que no parece ser consistente con una economía que cuenta con una fabulosa tasa de ahorro del 50 por ciento del PIB.

Pero también se palpa la otra China, la que se enorgullece de sus logros actuales recordando su pasado y resaltando sus propios valores y tradiciones. Dicha excepcionalidad está presente en el discurso oficial con motivo de los 90 años del Partido Comunista, cuando el presidente Hu Jintao no se cansa de reiterar los logros del “socialismo con condiciones chinas”. Pero, hasta en la prensa que circula en inglés, mucho más liberal de lo que uno podría imaginarse, apareció un artículo en donde su autor se quejaba de la arrogancia de los académicos y analistas occidentales al pretender darles lecciones de liberalismo, cuando demostraba con citas de muchos autores locales una vieja tradición liberal autóctona. Pero donde, por supuesto, se percibe la fuente natural del excepcionalismo chino es en sus monumentos históricos y museos. En la Ciudad Prohibida, en el Palacio de Verano y en el Templo del Cielo de Beijing o en el parque de los Guerreros de Terracota, de Xian, los cientos de turistas extranjeros se pierden entre las decenas de miles de chinos visitando y conociendo los palacios en los cuales vivieron y mandaron los emperadores de las diferentes dinastías, junto a sus emperatrices y concubinas. Entre muchísimos hechos históricos, allí recuerdan el período Shengshi, en el apogeo de la dinastía Qing, la era de la gran prosperidad que los medios de comunicación, dicen, se está repitiendo ahora.

No cabe duda de que el poder actual y futuro de este inmenso país se sustenta también en la seguridad y orgullo que le proporcionan sus valores y su historia milenaria. Pero es imposible predecir si dichos valores e historia guiarán a China hacia un excepcionalismo autoritario, nacionalista y agresivo o, como hasta ahora, a una integración y adaptación tranquila y paulatina de valores universales.

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Montenegro

Para combatir la corrupción

El sesgo de selección

Diálogo y pacto

7 de agosto de 2019

Una gran decisión