Por: Eduardo Sarmiento

El futuro del TLC

La decisión del Congreso de Estados Unidos de postergar el debate del TLC no contribuyó a precisar la verdadera posición del Partido Demócrata en relación con el TLC ni esclarecer su futuro.

En días pasados se puso al descubierto que uno de los asesores de Hillary Clinton es un lobista de una firma que recibe plata de Colombia para propiciar el Tratado. El gran dilema es que el Partido Demócrata fue un gran promotor del TLC durante la administración Clinton y en la actualidad aparece como su gran detractor en la campaña presidencial.

La razón que más se resalta para no aprobar el Tratado es la cifra aterradora de asesinatos de los sindicalistas. Si bien éste es un hecho condenable, no tiene mucha relación con el TLC. La vida de los sindicalistas es el derecho más fundamental de los ciudadanos consagrado en la Constitución y su cumplimiento no puede supeditarse a ningún condicionamiento interno o externo. Por lo demás, el TLC es un instrumento económico y, como tal, es muy poco lo que puede hacer para evitar los crímenes a los sindicalistas y los nexos entre el Congreso y el paramilitarismo. Es un simple convenio entre países que tiene costos y beneficios, y de ninguna manera puede interpretarse como un premio o un castigo.

Los factores objetivos que justifica la actitud de los demócratas en un momento electoral son mucho más económicos y revelan un monumental error histórico. El gran promotor del TLC con Colombia fue Clinton dentro de la doctrina de libre mercado que ostentaba en ese momento el Partido Demócrata y del consenso partidista sobre la materia. La verdad es que la teoría del comercio internacional que se enseña en todas las universidades prestigiosas de Estados Unidos, y sirvió para justificar las aperturas y liberalizaciones, ha sido desvirtuada por los hechos. La promesa de que el libre mercado eleva la productividad y los salarios e incrementa el nivel de bienestar económico es una falacia. La liberación comercial propició una competencia que colocó los salarios por debajo de la productividad, amplió la brecha entre los trabajadores calificados y no calificados y concentró los beneficios en el capital. En los últimos años la remuneración laboral promedio no muestra mayor avance, los ingresos del 1% más rico se duplicaron y la distribución del ingreso empeoró. El empleo industrial, el principal medio de ingreso de la fuerza de trabajo de la clase media, desapareció.

Algo similar se observa en otras áreas de la vida económica. Luego de que la ortodoxia negara la vulnerabilidad de la economía estadounidense, los hechos incontrastables de la crisis hipotecaria han suscitado un amplio consenso de que las causas estuvieron en la desregulación financiera y en el banco central autónomo, el corazón de las reformas neoliberales. La rienda suelta al mercado ha hecho las crisis financieras y recesivas más recurrentes y, como de costumbre, recaen en mayor grado en los grupos más desfavorecidos. Mientras los culpables de la debacle han recibido generosos rescates, en los últimos tres meses se perdieron 200 mil empleos.

La otra ilustración clínica es la de los alimentos. El TLC significó la desprotección de la agricultura, en particular de los cereales, que se producen en todos los climas, y tiene un alto peso en los consumos domésticos. La competencia deprimió sus precios durante varios años y propició una tendencia generalizada a sustituirlos por otros cultivos más transables y transformarlos en biocombustibles. Como era fácilmente previsible, los precios de los alimentos han venido aumentando sistemáticamente en los últimos tres años con tendencia a acentuarse. En la actualidad se presentan grandes hambrunas y escasez que parecían superadas y alzas que han revivido la inflación.

Frente a esta evidencia, el Partido Demócrata, con sus candidatos presidenciales a la cabeza, ha enviado el mensaje de que el libre mercado es contrario al interés nacional y, en particular, al bienestar de los sindicatos, que constituyen el grupo más activo y participante. Le sucede lo mismo que a todos los que promovieron el libre mercado y ahora no quieren reconocer su responsabilidad. Hillary Clinton puede decir que no votará el TLC con Colombia, pero le resulta cuesta arriba señalar que la administración Clinton se equivocó al promoverlo. Lo más fácil es no mirar al pasado y presentar la propuesta como un cambio que mejora las condiciones de los votantes y corresponde a sus expectativas.

Estas actitudes a medias no contribuyen a una decisión consistente y duradera. Las razones políticas, por graves que sean, suministran amplio margen de negociación e interpretación, y siempre podrán contraponerse con el recurso de la seguridad nacional. Mientras que el Partido Demócrata no se comprometa con la opinión pública a condenar el TLC por sus repercusiones negativas en el interés común y en el bienestar de los grupos laborales, no se tiene la seguridad de que la postergación del debate termine en su cancelación definitiva.

 

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