Por: Ana María Cano Posada

El general invierno

LA PRESENCIA DE LOS REPORTEROS y su constatación en el lugar de los hechos se hacen obligatorias en este tema imperioso del invierno, convertido en las últimas tres semanas en el peso informativo más concreto.

Es evidente que la descentralización y el registro de noticias en vivo están alimentados por el rigor del fenómeno en este 2008, que aunque es anual, ha sido el peor en 20 años, según los testimonios. El agua, la que hay que recorrer en chalupas y canoas, corre por las calles como si fueran cauces, encierra poblados, tapona salidas, entra a las casas, arrasa cultivos, provoca éxodos y muertos, lo que ha abierto una extensa geografía ignorada a la que de costumbre no está dedicado el periodismo en su búsqueda cotidiana de interés y novedad. Circunscrito a circuitos de poder y decisiones, es marginal en estos descampados que son el territorio nacional.

La alarma está encendida, el tema se mantiene alto en la atención de las víctimas y los responsables del tema. Aunque sea un ciclo anual, el sistema de alertas tempranas (siempre tardío en Colombia) del invierno lo componen todavía los medios de comunicación. En cada escenario los periodistas palpan las graves condiciones en las que los afectados se sobreponen al despojo, cómo tratan en ollas comunitarias de escampar a la escasez de alimentos y la espera de ayudas que tardan en llegar mientras el agua arrecia. Pero el plazo está contado para seguir ocupándose del invierno, porque al menor respiro climático archivan el tema. Hasta el próximo ciclo.

El Canal Caracol de televisión fue esta vez el primero en avizorar el tamaño de la emergencia. Decidió tener un registro con rigor de enviados especiales, cada noche y día, de los lugares en los que la devastación ha llegado. De a pocos, los medios escritos, radiales y televisivos han seguido el pulso de estos ríos, de esas carreteras taponadas, de esas comunidades agobiadas con muertos, con cultivos anegados y con bloqueo de actividades. Las fuentes de primera mano, los damnificados, los socorristas o alguien de la Oficina de Prevención y Atención de Desastres, cuentan cada día cómo empeora el panorama. Pero ninguna perspectiva adicional dan sobre el tema: ni las ciencias de la Tierra que estudian expertos en clima, erosión, geología, oceanografía o hidrología, aparecen. Ellos podrían, junto con investigaciones de universidades, ayudar a entender cómo se emparenta este período invernal con el calentamiento global, con los ciclos del Pacífico y hasta una onda tropical que cada año proviene de África.

Depender de la urgencia anual para tratar en los medios el tema, impide la corrección definitiva de este mal que no logra abrir un espacio en el seguimiento informativo. Buscar un conocimiento preventivo que no esté atado a las evacuaciones, para monitorear por hábito el caudal de ríos que nos recorren y el estado de la infraestructura de localidades con alcantarillados nulos, de la deforestación, de la toma de antiguos cauces de ríos como zonas habitables, lo cual redobla el riesgo cada vez. Asistir a la reubicación de estas personas y de sus cultivos durante la tregua entre las lluvias. Para no ser sordos a los llamados que ahora el Estado recibe de las más de 85 mil familias y más de 220 mil personas que han sido afectadas en este 2008 acuoso (10.633 familias tocó el invierno de 2006, según la Cruz Roja). Hoy son 217 municipios acosados por el agua y en un solo barrio, como El Socorro, en Medellín, donde tiraron escombros prohibidos durante años, 28 personas murieron en la madrugada porque una montaña entera se rodó sobre sus casas bien construidas en material. ¿Habrá forma de que este invierno aciago no sea en vano?

 

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