Por: Columnista invitado

El general Sandua

Por: Alberto López de Mesa

Sentado en la banca más visible del Parque Santander en el centro de Bogotá vemos a un viejito que, por pintoresco, es objetivo de los fotógrafos y aparece en las postales integrado al paisaje con las estatuas, con los árboles, con el equipamento urbano. Viste una casaca del antiguo ejército libertador, azul con peto rojo, botones de metal y flecos dorados en las hombreras, lleva un quepis adornado con una cinta tricolor que le da rango a lo que originalmente era una gorra de celador. Su nombre de pila es Aníbal Muñoz Valencia pero en las calles se le reconoce como “El general Sandua”, quién sabe de dónde adoptó ese nombre, tal vez lo tomó de la marca del famoso aceite de oliva de Navarra o le llegó al oído como un nombre heroico, lo cierto es que Aníbal llegó desde Envigado a Bogotá casi qué decidido a ser un hombre público y cómo ni su condición social ni su condición económica le daba para oficiar en algún edilato optó por ejercer su vocación en el lugar más coherente con su realidad, las calles de la capital.

Su personaje, aunque colorido, no es un payaso porque su misión es suscitar entre los transeúntes una reflexión sobre la realidad política y social de la ciudad y del país. Como un justiciero pacifista, pero elocuente, se expresa protestando contra el costo de vida, denuncia los peculados que se evidencian en la mala calidad de las obras públicas, alega por la impunidad con que proceden los corruptos y critica la apatía y la abulia de la población que se deja explotar y robar por los mismos que eligieron de gobernantes. A veces dice arengas efusivas para los curiosos que se aglomeran en torno suyo, pero lo corriente es que se dirija a un escucha, en ambos casos, por supuesto, reclama un apoyo para su subsistencia y porque además sabe que cumple un deber ciudadano al ejercer el espontaneo pero veraz control político sobre la administración de la ciudad, el gobierno nacional, los congresistas y sobre todo lo que afecte la vida en la nación y, ¿por qué no? también en el mundo.

El general Sandua representa a esas ciudadanías olvidadas, que por ser superiores a la normalidad urbana son abandonados a su suerte o discriminados, porque en las entidades culturales de la ciudad no existe una conciencia y menos una oficina que identifique, caracterice y proteja las expresiones populares que constituyen una parte indispensable para la identidad de nuestras ciudades, en últimas el patrimonio sin memoria pero vivo y absolutamente incidente.

Este año y en este mes, Aníbal Muñoz Valencia está cumpliendo 91 años de edad, cuarenta en las calles de Bogotá y veinte como “el general Sandua”, debería tener una pensión porque ha ejercido como ciudadano útil, porque ha adornado con su presencia el paisaje de la capital. Pero todavía somos una sociedad de medio pelo y con instituciones excluyentes. De suerte que un grupo de adeptos al general, decidieron festejarle el cumpleaños este 15 de agosto, como pretexto para hacer una colecta de dinero que le permita al viejo volver a Medellín y pasar los últimos años de su vida bajo un techo hogareño y al lado de sus parientes.

Desde esta columna y con todo mi aprecio le mando un abrazo de cumpleaños a mi amigo y maestro “el general Sandua”.

 

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