Por: Juan David Correa Ulloa

El genio y la ambición

El círculo se cierra 28 años después de que Wertheimer escucha, en compañía del narrador, a Glenn Gould interpretando las Variaciones Goldberg en el Mozarteum de Salzburgo.

Los tres han llegado allí para estudiar con el pianista ucraniano Vladimir Horowitz, soñando con ser grandes pianistas. Sólo uno de ellos tiene genio. Los otros dos, Wertheimer y el narrador, son seres dotados para la interpretación pianística, pero jamás serán el piano mismo, como quería Gould. Desde ese momento, desde que los dos descubren que el genio no es igual a la destreza, y que estar en presencia de un genio puede encarnar una maldición, sus destinos se atan para siempre hasta la muerte.

Sí, la muerte. La muerte de Wertheimer y la de Gould que suceden en distintas épocas y por razones completamente opuestas, pero que son el motivo para que exista este texto, esta novela, este desahogo ensayístico, esta profunda meditación, esta rabiosa reflexión sobre el sentido de la amistad, del arte, de la lengua, de la literatura, de la patria y del fracaso. Eso es esta gran novela llamada El malogrado, que hacía mucho tiempo no circulaba en nuestras librerías y que se ha convertido, desde que su autor, Thomas Bernhard (1931-1989) la publicó en 1983, en una especie de libro de culto, en una suerte de alegato rabioso, en un flujo de conciencia de un hombre que, a los 51 años, se entera de que uno de sus grandes amigos, Wertheimer, se ha colgado de un árbol ahorcándose en frente de la casa de su hermana, en Suiza, para martirizarse y martirizar a quienes aún lo recordaban.

El malogrado es ya un clásico de la literatura del siglo XX con toda su carga de desesperanza; con esa aspereza que recorre sus páginas que no tienen puntos aparte, en la cual se pone de presente el gran conflicto entre querer ser artista, y serlo. Ese querer serlo, esas ansias de éxito, de reconocimiento, de ser alguien, son las que consumen a Wertheimer el día en que conoce a Gould y éste, en un arranque de franqueza anglosajona, lo bautiza como tal: el malogrado. Desde ese momento, Wertheimer no podrá rehacerse nunca más: soñará toda la vida con ser como su amigo, intentará renunciar a la música, tiranizará a su entorno y a sus amistades —manipulando afectivamente a los demás hasta quedarse solo— para gritar que es un hombre herido: alguien que jamás podrá ser un genio, como Gould.

Leer El malogrado es ser parte de una prosa que es como un río que no para de correr, que queda retumbando en la cabeza cuantas veces se lo lea; es uno de esos libros para tener cerca y volver a él, y sumergirse en las preguntas por el talento y el genio. Lo que Gould es a las Variaciones Goldberg, de Bach, con las cuales conquistó al mundo, para después encerrarse a perfeccionarlas en su casa a las afueras de Nueva York, Wertheimer lo es al arte de la fuga: un hombre “era sin embargo el fracasado típico que en su primer enfrentamiento real, a saber, con Glenn, fracasó, tenía que fracasar. Glenn era el genio, Wertheimer no era más que ambición, pensé”.

‘El malogrado’, Thomas Bernhard, [email protected].

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Correa Ulloa

El reino

Expiación

La torre de Pisa

Volver

Contar el pasado