Por: Ignacio Zuleta

El genio y la cucaña

A un astuto labrador se le apareció un día el genio de una lámpara frotada por azar.

 Se desperezó el genio después de componerse los vestidos arrugados y con tono servil se presentó: “A tu servicio, amo”. El campesino, que conocía el carácter pícaro y desasosegado de los genios y que a su edad ya necesitaba un ayudante para las mil labores, le dijo lo siguiente: “Trae del bosque un árbol alto y prepara una vara lisa de unos 15 metros. Cuando la tengas lista, le colocas en la punta estas monedas de oro y este elixir de la felicidad, la engrasas y la entierras aquí cerca de casa”. Y el genio, siempre dispuesto a complacer al amo, así lo hizo. Cuando hubo terminado, el labrador, sin dejarle ni un segundo de ocio, le ordenó: “Mi deseo es que te ocupes de trepar esta cucaña, día y noche, hasta que te requiera para mis faenas. Y si alcanzas los premios de la vara, serán tuyos”. Y el genio obedeció: trepaba, resbalaba, trepaba, resbalaba. El labriego en las mañanas lo mandaba por agua, hacia las diez lo sentaba a escribirle las quejas al alcalde, al mediodía lo instaba a rajar leña y a cocinar la sopa y en la tarde a recoger la cosecha, desgranar arvejas y dejar el fuego listo para hacer la cena. Por la noche, o cuando no había ocupaciones importantes, lo enviaba a su cucaña. Y así lo utilizaba, siempre a su servicio.

La fábula la contaba el viejo maestro Satyananda en las tardes de sesiones de preguntas y respuestas. Añadía que la mente es como un mico borracho picado por un escorpión: es decir, inquieta y veleidosa. O como el genio, que no es bueno ni malo pero que cuando está ocioso se vuelve muy travieso. Podría hacer cualquier cosa por nosotros: construir una casa, escribir, leer, arar el campo o recoger las frutas. Sin embargo también hace estragos si no se lo maneja. Hace sufrir.

Hay muchas variedades de varas engrasadas. Sin excepción, en todas las tradiciones espirituales de oriente y occidente, norte y sur, la cucaña favorita es la llamada respiración consciente. Aunque no se demorarán en patentar este concepto, la respiración consciente ha sido la base del manejo de la mente por milenios. La respiración siempre está ahí, tiene un ritmo; se puede ya dejar sin controlar o puede modificarse a voluntad. Basta contactarla y luego hay que poner a la mente a que suba la cucaña. No es fácil, pues a la mente le gusta recordar, proyectar, clasificar, juzgar, desear o rechazar; pero el amo la domestica para que vuelva a la tarea, hasta que aprenda.

Cuando se aplica este método sencillo y eficaz, los resultados se reflejan en disminución del estrés, ahorro de energía psíquica, manejo de la ansiedad o del insomnio, por ejemplo. Respirar de manera consciente y lenta aumenta las ondas alfa del cerebro que propician un estado mental a la vez alerta y relajado. No en vano los budistas, los yoguis, los ortodoxos griegos, los ejecutivos modernos y otros genios que han ensayado a trepar esta cucaña dan fe de sus innumerables beneficios.

 

 

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