"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 6 horas
Por: Fernando Araújo Vélez

El gol que no fue

Por más de 20 años aseguraron en el pueblo que toda aquella historia del avión incendiado que había terminado contra una arboleda el día de la final de fútbol más importante que se hubiera jugado por aquellos lares era invento de los mayores.

“Porque las naves nunca pasaban por acá”, decían. “Porque lo de la final con tintes heroicos jamás se jugó”, explicaban. Los mayores respondían con molestia, molestos, pues no podía ser que las buenas costumbres se hubiesen relajado tanto como para que los pelagatos pusieran en duda lo que ellos afirmaban. Las discusiones eran infinitas todos los viernes y sábados por las noches, en Navidad y los 31 de diciembre. “Sólo es que haya una botella de ron en la mitad y empiezan las versiones, las contraversiones y las peleas”, protestaban las mujeres.

Algunos viejos dijeron, decían por aquellos años 50, que habían jugado aquella final en mil novecientos veintitantos. Sus hijos lo dudaban. Algunos, con circunspectos datos históricos, “porque papá —sentenciaban—, el fútbol llegó a Bogotá, vía Barranquilla o Pasto, aún no nos ponemos de acuerdo, cuando los aviones no se habían ni inventado”. Luego pasaban a recordar la vieja y supuesta cancha, que después, presumiblemente, fue una casa, y más tarde, un edificio de tres pisos. Y que el balón, y que los postes, y que los uniformes. Nadie podía dar seguridades sobre nada, hasta uno de aquellos días cuando se apareció un hombre muy mayor, medio cojo y lánguido, para relatarle a quien se le cruzara que él había hecho el gol del triunfo de aquel memorable juego, pero nadie lo vio. “Nadie —aclaró—, porque antes de que la pelota entrara surgió el avión, silencioso, a mis espaldas. Y todos lo vieron caer y llevarse los árboles, todos menos yo”.

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