El gran despelote nacional

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Es lo menos que podemos decir ante lo que se ve a diario: la corrupción y el robo desatados; los pequeños delincuentes del gobierno, corporaciones, instituciones, alcaldías, gobernaciones y consejos, convertidos en grandes delincuentes. ¡El COVID-19 fue su Baloto! La policía, investigada; los hospitales, saqueados por la clase política, y las EPS, robadas. Las Fuerzas Armadas, chuzando otra vez a opositores y periodistas que, oh, asombro de asombros, nadie sabe quién ordenó, pero ¿quién habrá podido ser ese malvado duendecillo?

El ministro del agro, Zea, cada vez más temeroso y tembleque. Ya debe tener listo el maletín con las tres sudaderas para la detención, aunque a este paso su compañero de parqués ya no será Arias, que saldrá a reclamar fueros. ¡Victoria uribista! ¿Y las platas para las empresas medianas y pequeñas? Los bancos ganan como nunca y gozan de un excelente apetito. ¡Qué van a darles esa plata a menesterosos empresarios de media caña!

El despelote no respeta cargo público. La vice Martuchis Ramírez acusó a los colombianos de ser “atenidos” y querer todo del Estado. Lo dice alguien que vive del erario hace al menos tres décadas. Algo sabrá. ¿Y el resto del gobierno? Bueno, desde esta columna quisiera saber qué pasó con el Ministerio de Cultura. ¿Cerró por remodelación? Hace poco Juan Villoro, en un estupendo artículo, decía que Reino Unido ganó la guerra porque Churchill nunca cerró los teatros: “Una sociedad que sigue representando Hamlet no puede ser derrotada”. Pero la nuestra, sin política cultural, parece el espectro de Hamlet.

Otro ministerio convertido en misterio es la Cancillería. ¿En qué trabaja ahora Claudia Blum? Por su edad debería estar confinada, pero con todo lo que ha pasado con Venezuela, ¿alguien la vio? ¿Pusieron el Palacio de San Carlos en Airbnb? Y qué decir de la superministra Alicia Arango. Cada vez que opina pone en duda las teorías evolutivas que nos relacionan con el sapiens. Su última perla: “Los asesinos de líderes sociales no están respetando la cuarentena”. No, ministra. ¡Ese delito sí es gravísimo!

Hay ministros que sí se ven, pero no se sabe qué tan bueno sea eso. El de Salud, dios santo, tiene tal inseguridad lingüística que transmite pánico. Y al de Comercio, con sus ojillos de miedo, se le nota su desigual lucha por mantener, en el horizonte de la alopecia, un islote capilar. Claro que Carrasquilla, con su alámbrico pelo, da más miedo. Cuando aparece en TV todos nos llevamos la mano a la billetera. Si habla es porque algo le va a quitar a la clase media, nuestro heroico Robin Hood al revés. Duque se ve igual a pesar del embellecedor contrato con Du Brands, que nos salió carísimo a los contribuyentes. ¿Dónde habrá mandado hacer esos sondeos tan buenos Mr. Archibald Nassar? O fue con la comunidad colombiana de Miami o con el gremio de ganaderos de Fedegán. Y para que no se piense que esta columna es negativa, diré que el ministro de Vivienda me cae bien. El joven cadete Jonathan Malagón, con nombre popular, peinado de reservista y acento de clase media (no como el del DANE), habla recio y mira a los ojos. Ahí tiene el uribismo a un cuadro prometedor, “joven limpio de corazón, recién llegado de provincias”. Pero, ay, qué monumental despelote.

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