Por: Piedad Bonnett

El grito

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y por lo menos esta vez así fue. Se necesitó que el video del pequeño hijo de María del Pilar Hurtado circulara como un reguero de pólvora para que sus gritos de dolor y sus patadas de rabia e impotencia nos llevaran a salir de la parálisis llena de lamentos de todos estos meses. La iniciativa de marchar —liderada por el grupo Defendamos la Paz, que no sólo supo leer la indignación general, sino que defiende la paz como principio— nos permitió este viernes elevar otro grito, esta vez colectivo, para exigir que el desangramiento sistemático de líderes sociales cese. Ya.

Muchos han tratado de negar que haya sistematicidad en estos actos criminales, aduciendo que se han cometido en distintos lugares del país, muy lejanos unos de otros. Pero no puede ser una suma de casualidades el asesinato de cientos de personas que en sus regiones defienden sus pequeñas y sus grandes causas, y que con carisma y valentía, y en medio de pobreza, aislamiento y amenazas, organizan a sus comunidades en torno a una causa común, ya sea la lucha por la recuperación de la tierra que les expoliaron, la sustitución de cultivos, la protección del medio ambiente destruido por la ambición ilegal o la defensa del espacio donde se han refugiado después de que la guerra los expulsó de sus territorios.

Guerra es la palabra para lo que hubo en Colombia, a pesar de que “el presidente eterno” se negó, durante su mandato, a nombrarla siquiera como “conflicto armado”. Esta negación continúa hoy de otras maneras, en boca de voceros del Gobierno que tratan de banalizar los hechos, de ridiculizarlos o de estigmatizar a las víctimas, y con su ligereza se hacen cómplices de la resurrección de la guerra y de exterminios sistemáticos que ya hemos visto. Cuando se habla de “líos de faldas”, de robos de ropa tendida en los solares, de “malos matando a buenos”, o se pone en duda que los asesinados eran líderes, se vuelve a caer en la falacia de “casos aislados” y se niega que haya fuerzas organizadas detrás de todo.

Muchas son las causas de esta nueva violencia, que amenaza con impedir la consolidación de lo conseguido en La Habana. Por supuesto que el Estado no preparó bien el terreno del posconflicto, que las autoridades no han podido con el poder corrosivo del narcotráfico y de la ilegalidad en las regiones, que la ausencia del Estado persiste en muchas de ellas. Pero hay más: hoy siguen ejerciendo violencia, a veces camufladas bajo nombres que quieren despistar, las fuerzas oscuras que desde siempre han alimentado nuestras guerras: las que se niegan a una repartición equitativa de la tierra o se dedican a comprársela al amenazado; las que amangualan a gamonales con políticos y ejércitos; las que desde el poder les niegan espacios a las víctimas, tergiversan la historia, persisten en prácticas politiqueras para preservar el statu quo. Y no están tampoco exentos de culpa los que, mientras vemos caer uno a uno campesinos, maestros, desmovilizados, se dedican a desconocer lo logrado, a desfigurar la verdad, a desprestigiar a los que opinan diferente. Porque el clima de odio siempre será tierra fértil para todo tipo de violencias. Contra todos ellos, los que queremos una Colombia en paz alzamos nuestro grito.

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2019-07-28T00:00:10-05:00

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