Por: Santiago Villa

El Guerrero Lobo II

La película más popular de este año en China, que además es la más taquillera de la historia del país, dice mucho sobre lo que es su nacionalismo contemporáneo y en lo que podría convertirse su política exterior durante el siglo XXI.

El Guerrero Lobo II es el cruce entre una película ochentera de ingenuo e irritante nacionalismo y racismo estadounidense (en este caso chino, por supuesto), con una superproducción contemporánea estilo Michael Bay.

Su protagonista, un soldado élite del Ejército de China, caído en desgracia tras pagar una condena de dos años en prisión por cometer una ejecución extrajudicial, decide mudarse a una playa de África y llevar un retiro de macho machote. Gana todos los concursos de tomar alcohol y pruebas de fuerza contra los nativos, que son benignamente explotados por una compañía china.

Pero un día irrumpen los villanos, un grupo terrorista de blancos europeos que secuestra a dos médicos chinos, y cuyos objetivos jamás quedan muy claros. Aparentemente quieren montar un tipo de explotación no-benévola en el anónimo país africano.

El ejército de China eventualmente viene para apoyar las operaciones individuales de este Rambo chino, y si bien los malos al menos son blancos del primer mundo —no africanos, latinos, rusos, árabes o asiáticos—, los personajes africanos no hacen mucho más que padecer o celebrar las aventuras de los demás. África, una vez más, es reducida a telón de fondo en la pugna de poderes extranjeros. Los africanos, el objeto de un racismo light que no se comprende a sí mismo como racismo (si es que existe un racismo que se reconozca en el espejo, pues el racismo tiene la maldición de los vampiros: no puede ver su propio reflejo).

Esta superproducción, que fue presentada por China para competir en los Premios Óscar del 2018, ha sido un éxito rotundo en un país sediento de símbolos de fácil digestión, que fortalezcan el orgullo chovinista en un año que celebra su evento político más importante, equivalente a unas elecciones presidenciales.

China está asumiendo su estatus de superpotencia dándole todo el brillo al más simplista de los productos culturales: la propaganda política.

Ya lo hizo Estados Unidos durante los años 80, pero al menos allí, al tiempo que Hollywood regurgitaba Rambo I, II y III, y Delta Force I, II y III (la segunda de esta serie, por cierto, se desarrollaba en Colombia), también producía Platoon, Full Metal Jacket y Apocalypse Now (1979), tres películas cuyo equivalente chino sería impensable por la censura.

Pero esto, finalmente, es más problema de los chinos que del mundo. Lo que debería dar una pista de hacia dónde se dirige China es la promoción que el Estado hace de esta película. Es una producción cultural con el sello del Partido Comunista en su portada. Así que, sin rodeos, lo que se anuncia a futuro es una posición más militarista en el terreno internacional.

Hasta ahora, China había seguido el adagio de Deng Xiaoping, el presidente que la reincorporó al sistema internacional: "Mantener la cabeza fría y el perfil bajo. Jamás asumir el liderazgo, pero apuntar a hacer algo grande". China ha mantenido la cabeza fría, y a juzgar por el estilo de su sistema de gobierno, esta característica será más suya que de las democracias occidentales en el futuro previsible.

El bajo perfil y no asumir el liderazgo son, no obstante, cosa del pasado. El pensamiento de Xi Jinping, el actual presidente, es expansionista y ambicioso. La huella del gobierno de China está en el mundo entero.

China, sin embargo, insiste en que su poder es distinto. Que se identifica con el mundo en desarrollo porque viene también del sur. En muchos sentidos es cierto: sus intervenciones están lejos de ser el horror desencadenado durante décadas por la CIA y el Ejército de los Estados Unidos.

Si bien sus explotaciones mineras y de recursos naturales, como todas las explotaciones de este tipo, tienen problemas ambientales y promueven la corrupción, y sus préstamos para infraestructura podrían generar crisis de deuda en algunos países, no es un país impositivo a la manera de las democracias occidentales.

Eso, sin embargo, podría cambiar cuando tenga los medios y el poder para ser dominante. Los gobiernos, en el ámbito internacional, son como los niños: si pueden imponer su voluntad a los demás, lo hacen.

Twitter: @santiagovillach

 

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