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hace 4 horas
Por: Julio César Londoño

El hacedor

EL MUNDO CONMEMORA LOS 25 AÑOS de la muerte de Jorge Luis Borges. En ambas márgenes del Atlántico se suceden los seminarios, las publicaciones, las exposiciones, los documentales, los conciertos. Por qué tanto alboroto, dirá usted. Porque se lo merece, respondemos en coro los monjes de la secta de "La pluma y el cuchillo".

Borges fue un hombre de letras, literalmente hablando. Crítico, compilador, traductor, profesor, bibliotecario, lector, poeta, narrador. Hombre de letras calibrí. O arial. Jamás góticas, fuente en desuso, ni cómic, demasiado informal, ni mayúsculas sostenidas (él era demasiado british); si mucho hubiera tolerado las versales, esa versión esbelta y discreta de las mayúsculas.

Ejerció los géneros menores, dijo Octavio Paz: el cuento, el soneto, el ensayo corto. “Dijo más cosas con menos palabras”. (Octavio ¡Plash! lo llamaban los maledicentes en México).

Le falta variedad, dice Harold Bloom, pero lo incluye en un selecto canon presidido por Shakespeare, Dante y Jehová. George Steiner está de acuerdo: “Borges, siempre nos hiere, sí, pero lo hace siempre de la misma manera”. Así será, decimos en la secta, pero ya quisieran Dante y Jehová tener la mitad del pulso que esgrimió siempre el argentino.

“El último delicado”, lo llamó Cioran, y fue la única delicadeza de ese rudo rumano.

Que era facho, escribía con rima y odiaba a los negros. Bueno, qué le vamos a hacer, nadie es perfecto, ni siquiera los argentinos.

Entre sus enemigos elocuentes, el más peligroso es Eduardo Escobar: “Borges es palimpsesto. Escritura sobre la escritura es Borges. Es imposible no admirar su pericia para frasear con discreción y parafrasear sin vergüenza. Más que un erudito que hilvanó un sentido del mundo, es un banco de datos elegantes, selectos. Opio rebajado. Numismática. Heráldica. Ideario de ideas deshechizadas ya: en suma, escolástica”.

Nada que objetar. Escobar tiene razón. Pero Wilde, que presintió a Borges en cierto temblor del clavel de su solapa, salta en su defensa: “Los narradores trabajan con la sucia realidad; el crítico opera sobre una sustancia depurada, la literatura”.

Sabato prefería al humilde Borges de Fervor de Buenos Aires sobre el sofisticado Borges de El Aleph: “Prefiero ese poeta que alguna vez cantó cosas humildes y fugaces: un crepúsculo de Buenos Aires, un patio de infancia, una calle de suburbio. Este es el Borges que quedará. El Borges que después de su frívolo periplo por filosofías y teologías en las que no cree, vuelve a este mundo menos brillante pero en el que sí cree”.

Que no fue feliz, dicen sus biógrafos. Entonces tienen más mérito esos versos que brindan “por el firme diamante y el agua suelta, por el pan y la sal, por el valor y la felicidad de los otros”.

Que no le fue dado el amor, dicen los cotilleros desde el ojo de la cerradura. Mejor así. Detrás del amor vienen el matrimonio, la familia política, los niños, los bancos y las Epeeses (¡y los niños del vecindario!). Si le hubiera sido dado el amor, habría sido columnista, como Escobar, o un narrador menor del hemisferio austral, como el dandy Adolfito Casares, y no lo que fue, una mezcla perfecta de música y pensamiento.

En las sesiones de la secta abrimos con unción nuestros descuadernados ejemplares y agradecemos esos cuentos, un ajedrez de fierro y luz; esos poemas que oscilan sabiamente entre el ritmo y el sentido, que fabulan, riman y reflexionan a la vez; su crítica, una combinación inédita de hondura y levedad, ese magisterio generoso que nos enseñó las magias parciales del Quijote, la rosa de Coleridge, la muralla y los libros, los precursores de Kafka, el checo que “modifica y afina nuestra lectura de Melville”.

Borges, o el hacedor. Borges, principio y fin de todas las rosas.

 

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