Por: Julio César Londoño

El hacedor

No es fácil escoger el mejor libro de Jorge Luis Borges.

Está Otras inquisiciones, el libro publicado en 1952 y que llevó a la crítica, el género más difícil, necesario y despreciado, a alcanzar su mayoría de edad. Allí están Los precursores de Kafka, Magias parciales del Quijote, Sobre los clásicos, La flor de Coleridge, La muralla y los libros... ensayos que nos revelaron que hasta entonces la crítica había sido una suerte de filatelia apolillada.

Están sus cuentos fantásticos, esa categoría que uno echa de menos ahora, en el imperio del cuento apenas vivencial, cuyos personajes, como decía Tolstói hablando de Chéjov, van de la sala al sanitario y del sanitario a la sala.

Está El otro, el mismo, el volumen que contiene los poemas de los dones, su Arte poética, La noche cíclica y otras composiciones que son, como observó Octavio Paz, ensayos con métrica.

Pero quizá su mejor libro sea El hacedor. Empieza con un prólogo oximorónico, es decir, una página de argentina humildad: “Usted no me malquería, Lugones, y le habría gustado que le gustara algún trabajo mío. Ello no ocurrió nunca...”.

El libro incluye un brevísimo poemario, Museo. Allí viene El poeta declara su nombradía. “El círculo del cielo mide mi gloria. / Las bibliotecas del Oriente se disputan mis versos, / los emires me buscan para llenarme de oro la boca, / los ángeles ya saben de memoria mi último zéjel. / Mis instrumentos de trabajo son la humillación y la angustia; / ojalá yo hubiera nacido muerto”.

Allí viene Cuarteta. “Murieron otros pero ello aconteció en el pasado, que es la estación (nadie lo ignora) más propicia a la muerte. ¿Es posible que yo, súbdito de Yaqub Almansur, muera como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles?”.

Allí viene también algo escaso: una página autobiográfica y tranquila. Hablar de uno mismo con equilibrio es un ejercicio difícil porque todos somos ora pavos reales, ora cucarachas. Por esto las memorias oscilan entre la arrogancia más sobregirada (v. gr. Carlos Lleras de la Fuente) y la falsa modestia (v. gr. el papa Francisco). Borges resolvió el problema postulando la existencia de dos personas en una: Jorge Luis, un señor que envejecía y dudaba de su arte, y Borges, la vedette. “Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson. El otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor” (Borges y yo).

¡El texto que da nombre al volumen es una biografía de Homero! (un poco más, y el argentino nos asesta una entrevista a Heráclito). “Las impresiones resbalaban sobre él momentáneas y vívidas; el bermellón de un alfarero, la bóveda cargada de estrellas que también eran dioses, la luna, de la que había caído un león, la lisura del mármol, una palabra fenicia, la sombra negra que una lanza proyecta en la arena amarilla...”.

Después de leer El hacedor, uno siente rancios los estudios homéricos, toda esa arqueología que discute si Homero existió o es un personaje de fábula, si fue compadre de Tales o apenas vecino de Mileto, si era eólico, como sugieren los filólogos, o jónico, como piensan los “estrategas” al observar que en la Ilíada los héroes aún se trenzan en combates personales, a la manera jónica, cuando los demás pueblos griegos ya avanzaban en falanges, el invento de Filipo, padre de Alejandro.

En un solo volumen, Memorias de Adriano, Margarita Yourcenar nos enseñó más sobre el espíritu del Imperio romano que todas las bibliotecas románicas juntas. En dos páginas, Borges inventa un Homero más nítido y humano que la aparatosa figura trazada por todas las bibliotecas helénicas.

Julio César Londoño*

 

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