Por: Héctor Abad Faciolince

El hartazgo

En este artículo, para captar la atención de más lectores, pienso hablar de política y de la indagatoria a Uribe en la Corte Suprema de Justicia. Pero antes de pasar a estos temas tan apasionantes, debo hacer una breve introducción teórica sobre nuestra percepción del tiempo.

Hay motivos psicológicos y matemáticos que explican por qué la sensación del tiempo transcurrido parece acelerarse de una manera exponencial con el paso de los años. Los tiempos del reloj y del calendario tienen muy poco que ver con el tiempo subjetivo, es decir, con el tiempo tal como lo percibe nuestra mente a medida que envejecemos. Cuando éramos niños (recuerde la lectora sus sensaciones a los cinco años), el tiempo transcurrido entre dos navidades o entre dos cumpleaños parecía larguísimo, casi eterno. Por un lado, la novedad de las primeras veces se fija más firmemente y con más detalles en la memoria; por el otro, la sensación del tiempo transcurrido tiene que ver con la proporción de ese lapso con relación a lo que hemos vivido. Un año, cuando tenemos tres, es un tercio de nuestra vida. Un año, a los 30, es apenas una treintava parte de lo vivido. A los 60 años, las semanas ya no se viven con una sensación de días, sino de horas. Y a los 90 los meses parecen minutos.

Si piensan en lo anterior me entenderán si les digo que a mi edad muchas cosas resultan repetidas (tengo la impresión de que ya todo esto lo viví antes), y también que uno o dos años de mi vida son tan cortos, se van tan rápido, que no quiero pasarlos concentrado en lo mismo. Siendo muy optimista, puedo creer que me quedan 20 años por vivir, pero mi percepción subjetiva de estos años será tan larga (mejor dicho, tan corta) como lo que viví entre los 20 y los 27. Es decir que debería pensar así: tener, a los 60, 20 años por delante, es como si a los 20 me dijeran que tengo apenas siete años de vida. Pues bien, ¿cómo quiero vivir estos 20 años que me quedan si en mi percepción psicológica serán apenas siete?

Y aquí llego a la política, al título de este artículo, y al expresidente y ahora senador Uribe: no quiero pasarme estas semanas, estos meses y estos próximos años pendiente de lo que diga o no diga este señor, pendiente de si la Corte lo condena o no, de las pruebas de uno u otro lado sobre manipulación de testigos y otros mil perendengues. Ya en mi vida pasada, muerta y sepultada, le dediqué a este tipo demasiado pensamiento, artículos y energía mental. Ahora, simplemente, estoy harto de todo esto que me parece la repetición de la repetidera, como si todos los días me tuviera que tragar exactamente la misma sopa recalentada de la misma remolacha, año tras año. No puedo más: tengo muchos libros que leer, tengo dos o tres novelas que quisiera escribir, hay partes de Colombia y del mundo que quiero conocer, hay asuntos verdaderamente importantes sobre los que quiero pensar y saber más: el cambio climático, la poesía polaca y la tragedia griega, las sequías en África, el agua potable, el nacimiento de los huracanes, la percepción del tiempo…

La vida es tan rica, tan variada, tan interesante, que les juro que me importa un chorizo, dos chorizos, 25 chorizos, si al señor Uribe lo condenan o lo absuelven, si cae sobre él un alud de flores o un derrumbe de estiércol. Hagan lo que quieran ustedes, jueces, enemigos políticos, analistas de actualidad, aliados, devotos, áulicos, detractores: me da exactamente lo mismo su destino humano, bien sea que los cinco años que le quedan por vivir (en unidades psicológicas anuales) los pase en una guarnición militar o en el Ubérrimo o en Llanogrande. Todo, todo me da lo mismo.

Si me lo permiten, me voy a concentrar en las cosas que me interesan. No voy a dedicar (es decir, a perder) mi vida a otra persona que, en últimas, por bueno o malo que haya sido, ni me va ni me viene. Para mí es un hombrecito efímero y despreciable, y no voy a consagrarle las pocas semanas que me quedan de vida.

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2019-10-13T00:00:45-05:00

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2019-10-13T04:12:09-05:00

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