El hastío del animal tembloroso

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El abatimiento es la endemia engendrada por la epidemia que derivó en pandemia. La vida está perdiendo sentido tras meses y meses de sinsentido. Los hilos impalpables que mantienen la ilusión de respirar se corroyeron y el rumbo diario está apenas sostenido por una hebra.

Agazapado, el marido no soporta a su mujer, la violencia intrafamiliar sube más rápido que el contagio viral. Los niños sin colegio, o con colegio en pantalla que es casi lo mismo, son cachorros enjaulados. La economía hogareña espanta el sueño, o porque los ahorros se esfuman o porque el empleo si no se precariza se acaba o porque el día a día se ha vuelto hora a hora.

Los trámites odiosos de todos los años ahora son intolerables. La virtualidad y las máquinas embusteras que responden los teléfonos hacen inalcanzables el pago de recibos, el cumplimiento de requisitos kafkianos, las citas para cualquier cosa. Los sitios web se ponen de acuerdo para exigir la contraseña, siempre olvidada.

Ante las demoras hay idéntica excusa: la cuarentena. El engranaje que crujiendo hacía la vida apenas llevadera, rechina sin lubricante. En la calle zombi los cuerpos son bultos que se repelen. Las máscaras mutilan la identidad, es duro ignorar con quién se cruza uno en el valle de lágrimas.

La corpulencia social de un pueblo amiguero y dicharachero se ha enclaustrado a las malas en habitaciones de tres por cuatro, para tres o cuatro familiares. ¿Quién no gruñe en semejante caldera de tedios comprimidos? Los más holgados padecen arriba de su noveno piso los clamores de quienes ruegan ayuda desde las aceras con voces de tenores invencibles.

Las radios y televisores revientan alarmas sobre infectados y agonizantes sin oxígeno. Repiten la monserga: lávense las manos, quédense en casa, conserven la distancia. Como si las restricciones obsesivas curaran el hastío. Propagan, eso sí, naderías sobre la gresca embaucadora del fútbol y leguleyadas sobre la detención del eterno.

Resultado: un país enfermo de desazón. La Javeriana realizó una encuesta sobre ansiedad y depresión entre jóvenes de 18 a 24 años, de los cuales dos terceras partes tienen estos síntomas. A propósito de las recomendaciones de las autoridades de salud, su decano de medicina, psiquiatra, sicoanalista, epidemiólogo, Carlos Gómez Restrepo declaró en El Espectador del domingo pasado que “se está empezando y se están haciendo los mejores esfuerzos… se tienen que tomar decisiones de acuerdo con el momento. Pienso que está llegando el momento de la salud mental”.

Caramba, ¿apenas “está llegando” el momento? No. La salud mental es componente innato de la salud orgánica. Desde el primer instante en que se decidió blindar el cuerpo contra el coronavirus, debió considerarse qué caminos tomarían la imaginación, el deseo, el espanto, los sentimientos, las pesadillas, el erotismo, el desasosiego y demás exaltaciones que hacen del hombre un animal tembloroso.

arturoguerreror@gmail.com

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