Por: Juan Carlos Botero

El hecho casual de Apolo XII

Los primeros minutos, al despegar un cohete espacial, son los más peligrosos. Mientras los cohetes braman y retumban, superando la velocidad de una bala disparada por un revólver, con los tanques llenos de combustible despidiendo chorros de fuego, cualquier falla puede desatar una explosión, matando a los astronautas en la cápsula de mando.

Eso casi ocurre el 14 de noviembre de 1969 durante la misión espacial Apolo XII, la segunda programada para aterrizar en la Luna.

A los 36 segundos del despegue, de pronto se escuchó la crepitación de estática en los auriculares y las pantallas de los computadores quedaron congeladas en una imagen indescifrable: un enredo de números, letras y símbolos sin sentido. Todas las alarmas se encendieron. Pete Conrad, comandante de la nave, jamás había visto tantas luces y alarmas a la vez. “Nunca, en toda mi vida, había presenciado algo comparable, ni siquiera en el peor caso imaginado en los simuladores de vuelo”. En medio del ruido de las alarmas, las baterías principales se apagaron y se activaron las auxiliares, pero con dos horas apenas de carga. No había remedio: tenían que abortar la misión, lanzando la cápsula al vacío con los tres astronautas a bordo, y detonando los poderosos cohetes Saturno V.

Era una falla eléctrica y nadie sabía qué hacer. Gerry Griffin, director de vuelo de la Nasa en Houston, de inmediato pidió información a todos los operadores. La confusión en el centro de control era total. La nave volaba a ciegas, tronando y arrojando toneladas de fuego líquido, las alarmas y las luces en el interior de la cabina sonando y titilando; un operador en Houston levantó la tapa de vidrio, atento a la orden del director y listo para presionar el botón rojo de aborto. En esas, de pronto el controlador John Aaron recordó algo extraño. Un año antes, durante una prueba de equipos, él había visto una imagen similar a ese revoltijo de cifras en la pantalla de su computador. Aaron, de apenas 26 años, había descubierto que uno de los interruptores en la cápsula, el SEC, que había sido diseñado para otra función, al ponerlo en AUX solucionaba el problema. “Director”, le dijo a Griffin. “Ordene mover el botón del SEC a AUX”. “¿El SEC?”, preguntó Griffin. “¿Qué es eso?”. Con la nave agonizando y sin saber qué más hacer, a punto de abortar, le transmitieron la orden a Apolo XII, y los tres astronautas, al borde del pánico, se miraron sin entender. “¿Qué diablos es el SEC?”, respondió el piloto Alan Bean. Era un interruptor tan poco conocido que ninguno sabía siquiera en dónde estaba ubicado. De repente, Bean recordó haberlo visto detrás de su hombro izquierdo. Se dio la vuelta, movió la tecla a AUX, y todo se normalizó. Las baterías resucitaron y las pantallas transmitieron los datos de telemetría en forma correcta. Luego se supo que la poderosa descarga de un rayo había golpeado la nave y averiado los sistemas eléctricos, y por un hecho casual, porque Aaron recordó esa imagen precisa y alborotada de números y signos, vista un año antes, lo pudo solucionar.

El comandante Conrad soltó una risotada nerviosa de alivio. La misión se había salvado de milagro. Y lo único que se oía en la cápsula eran las risas de los astronautas. Carcajadas felices, rumbo a la Luna, sonando en la oscuridad del espacio.

 

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