Por: Andrés Hoyos

El helicóptero que casi se cae

EL ESPECTACULAR RESCATE DEL miércoles pasado, además de conmovernos y conmocionarnos a muchos, cambia de forma tajante el panorama político colombiano.

Lo primero sea destacar que seis años y medio de secuestro no han hecho sino afilar el instinto político de Íngrid Betancourt. Aunque los sentimientos de estos días son sin duda auténticos, Íngrid no dejó de exprimirle a la situación hasta la última gota de provecho político que contenía. De cara a esta artista de rock rescatada de las aguas, Juan Manuel Santos parecía balbucear. A lo mejor ando impresionable, pero creo que Santos se supo impotente a la hora de evitar que ella lo pusiera, con inclemente suavidad, en un lugar subordinado.

Le arrebató, con las trenzas improvisadas y una tremenda sonrisa, la cara amable de la seguridad, al tiempo que la adobaba con dosis de Dios y de la Virgen, políticamente oportunas. Aunque el evento fue la apoteosis de la Seguridad Democrática, Íngrid también esbozó lo que ha de sucederla: un futuro sin lucha armada y con controversias sobre cómo sanar las heridas del pasado y desarrollar el país. Su única gaffe fue haber mencionado, muy de pasadita, su posible presidencia. Hubiera sido mejor dejar la posibilidad en el aire como una rodachina navideña.

El único actor del paseo que tiene una intuición política del calibre de la de ella es el propio Uribe —así uno no comulgue con algunas ideas y acciones de su gobierno, hay que reconocer que el Presidente es un político formidable—, pero incluso él, dueño y señor de los hilos de su alocución nocturna, no pudo evitar que Íngrid casi le robara el show.

Surge, por lo tanto, un enigma político considerable. ¿Qué relación se va a establecer entre estos dos pesos pesados de la política colombiana? Intuyo que le van a ofrecer a Íngrid algo como la cancillería, cargo que ella no debería aceptar a menos que venga de la mano de un acuerdo político amplio que implique que Uribe se convierta en un alegre ex presidente el 8 de agosto de 2010. Uribe no tendrá argumentos para plantear un desenlace diferente, pues las hecatombes andan en desbandada. Bien visto, le conviene anunciar la fecha de su retiro ahora que va ganando por goleada.

De todos modos, yo no quisiera estar en los calzones de Lucho Garzón, un desplazado político, o de Vargas Lleras, de vacaciones cuando menos le convenía, o de Sergio Fajardo, pospuesto a despecho de su carisma, o de Carlos Gaviria, quien nunca se debería haber alejado de sus libros. Esto para no hablar del resto de los ex presidenciables. Me dirán que Íngrid puede equivocarse y que existe la posible influencia antipolítica de la familia. Quizás, pero picó en punta.

Los intelectuales solemos hablar mal de los políticos, y la reprimenda se justifica porque, al menos en Colombia, hemos sufrido una seguidilla de “dirigentes” que oscila entre la mediocridad y el espanto. Yo, sin embargo, no comparto la idea de mi amigo Antonio Caballero según la cual el poder es malo por naturaleza, porque sé muy bien que la ausencia o debilidad del poder pueden ser peores.

Dicho de otro modo, se suelen tocar en su maldad el vacío de poder, en el que se secuestra y se mata impunemente, y las dictaduras, en las que es el Estado el que mata, reprime y roba. El poder es inevitable, y lo único esencial es que tenga límites. Estos límites, debe repetirse hasta la saciedad, tan sólo los provee la vieja democracia burguesa, tan despreciada por la literatura marxista.

En fin, seguirán sonando las frases de ese día memorable. Me gusta una: “Casi se cae el helicóptero”.

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